Dark Phoenix: Un ave taxidérmica

Mucho ha pasado desde el 2016. Un aire refundacional se ha posado sobre Hollywood, corrigiendo males que abarcan desde arcos narrativos hasta minucias como el acoso sexual y la pedofilia. Pero no hablemos más de Bryan Singer. Su partida, luego de dejarnos la estupenda Days of Future Past y la mediocre Apocalypse, significa que la continuación de la saga mutante ha recaído sobre Simon Kinberg. Y el principal foco de Kinberg es re-narrar el arco de Dark Phoenix (ya visto en The Last Stand) – pero… bien.

Sophie Turner como la nueva Jean Grey.

Ahora, esta pretensión no supone una garantía de éxito. Kinberg es consciente del mayor error de The Last Stand, y por ello, en vez de sofocar una gran historia entre subtramas más débiles, dedica una cinta completa a explorar el viaje de Jean Grey (Sophie Turner) y su transformación en Dark Phoenix, una entidad todopoderosa e incontrolable que amenaza con destruir el planeta. Muchos puntos se repiten: diversas facciones buscan el poder de Jean para su beneficio (o para controlarla), por lo que se ve sumida en un conflicto de alianzas; el peso de tanto poder causa enormes estragos en su psiquis, convirtiéndola en una figura profundamente trágica. Hay mayor atención al bagaje emocional de los personajes, pero dicho interés es mayoritariamente estéril.

Dark Phoenix: «¿cómo es posible que esta historia no funcione por SEGUNDA vez?»

De hecho, la cinta está consciente de sus necesidades, pero en su ejecución se revela un animal sin vida, ostentando todas sus patas y pelaje, pero estáticos – un ejemplo de ave taxidérmica en lugar de una bestia orgánica y majestuosa. Es un triste final para una saga que partió tan empinada, y un curioso ejemplo de una solución que de hecho empeora el problema. Aún así, está lejos de ser un bodrio. Pero el arco de Dark Phoenix (y los X-Men en general) se merecían mejor.