¿Les pasa  a veces que las palabras no alcanzan para explicar lo que sienten? ¿Que tienen que hacer malabares para explicar con claridad lo que piensan? Bueno, Tully es una de esas películas que puede llenar ese vacío en el lenguaje, que sirve como herramienta perfecta para arrojar sobre las cabezas de todos esos parientes, compañeros de trabajo y vecinos copuchentos que se creen con el derecho de cuestionar tu decisión de ser o no ser madre.

Tully construye con ingenio las vicisitudes de la maternidad, y lo mucho que sufre cuando choca con las expectativas que la comparan con “una bendición”, “lo mejor que te puede pasar en la vida” y una larga lista de etcéteras. Y es que hay algo profundamente desgarrador, tan desgarrador que sólo nos queda reír, en ver a la imbatible Charlize Theron colapsar frente a una bolsa de leche materna derramada. Algo que te obliga a reconocer que si tres niños son capaces de doblegar a Theron, tú no tienes ni la más mínima posibilidad.

Pero no todo es una pesadilla. La película logra filtrar a través de la depresión, los bonitos momentos de intimidad madre e hijos. Porque la crítica no está dirigida al ser madre, o a la incapacidad de ser feliz con la maternidad que escogiste. Sino a cómo opera sobre nosotras esa presión por cumplir cada de los múltiples roles que se nos exige, con total profesionalismo. Y como el silencio de nuestros más cercanos los convierte en cómplices, quiéranlo o no, de esta sobre-explotación.

Tully

En lo que triunfa Tully es en retratar la frustración. Esa sensación de tener cientos de cosas que hacer, pequeñas cosas que pueden mejorar tu vida en un cien por ciento, cosas que ni siquiera son tan difíciles como hornear algunos cupcakes para los compañeritos de curso de tu hijo, o hacer un aseo exhaustivo de tu casa. Pero que se convierten en desafíos de proporciones homéricos cuando se tiene cero autoestima. Aunque el exceso de ingenio le juegue un poco en contra y haga que se desarme un poco la película al final.

Tully llega hoy a nuestra cartelera.