[Netflix´s Original] Lo Que Esconde la Nostalgia Ochentera de Stranger Things


[Netflix´s Original] Lo Que Esconde la Nostalgia Ochentera de Stranger Things

Vivimos la era de la hipertextualidad y uno de nuestros grandes placeres son las referencias. Somos una generación que se ha propuesto cazar, casi con tanto ahínco como a los pokemones virtuales, la mayor cantidad de easter eggs posibles. Porque nos dan poder, porque demuestran que sabemos cosas que otros no. Y por lo mismo, amplio ha sido el escrutinio alrededor de Stranger Things, la nueva serie original de Netflix, y sus muchas referencias a relatos icónicos de la cultura pop ochentera, un periodo que nos hace sentir particularmente nostálgicos, a juzgar por la inmensa cantidad de remakes, readaptaciones y homenajes que las producciones contemporáneas le rinden. Pero ¿qué es lo que tanto extrañamos de los 70s y 80s?

Referencia favorita
Referencia favorita

Ambas fueron décadas complicadas, particularmente la última, en las que la paranoia militar, el desencanto de la guerra, los escándalos políticos y la crisis económica provocaron heridas en la confianza del pueblo norteamericano a líderes e instituciones. Como contraparte, la industria del entretenimiento producía con relativa flexibilidad relatos en que dichas fuerzas entraban en conflicto, en la que los ciudadanos anónimos, especialmente los niños, luchaban contra las fuerzas malignas de las corporaciones y salvaban a sus amigos, a sus familias, a sus vecindarios, a sus pequeños pueblos.

Y lo que Stranger Things arrastra consigo, de manera sutil pero evidente, es también el reverso del romanticismo que hemos puesto en dicha época. Porque en el mundo al revés del pueblo que se tragó al pequeño Will, se esconde la inescrupulosa moral de un grupo de científicos que en nombre de la ciencia y de la libertad norteamericana, incurren en la misma lógica que hizo posible Auschwitz, y los campos de exterminio. Porque estamos en medio de una década en la que dos adolescentes pueden conseguir todo un arsenal de instrumentos de tortura medieval porque el libremercado asegura que si pueden pagarlo, entonces pueden tenerlo. Y en el que vemos a Lucas, un prepúber, armarse hasta los dientes con un arsenal de Vietnam.

Niños vestidos de soldados
Niños vestidos de soldados

Porque sí, es divertido ver a cuatro niños caminando junto a la línea del tren como en esa película basada en esa novela del señor King, pero así como esos otros niños en la novela iban en busca de la muerte, estos niños también. Y sí, es maravilloso que se inviertan los estereotipos y el matón mujeriego termine enamorado de la ñoña rebelde, pero no olvidemos que cuando Nancy intenta advertirle a la policía de la desaparición de su amiga, nadie la toma en serio porque nadie puede tomar en serio a una “chica parrandera”.

Lo mejor de Stranger Things es que mientras nos perdemos en los sintetizadores y cantamos a Bowie, mientras nos maravilla que un grupo de niños en bicicleta huyan de los funcionarios corruptos y que la chica con poderes especiales que ve cosas que nadie más como en ese manga japonés, haga volar una camioneta por los cielos. Todo esto otro también está pasando, entre sus plot holes y sus inconsistencias, su romantización también trae consigo al demogorgon que persiguió en sueños a los niños que crecieron en los 80s, y en este sentido tiene algo de la honestidad brutal de las películas de Carpenter y los libros de Stephen King.

Que bueno es verte de nuevo, Winona.
Que bueno es verte de nuevo, Winona.

Al final, Stranger Things es una serie divertida, ocasionalmente aterradora, y uno de los mejores experimentos disponibles en Netflix. Una serie que apela a toda nuestra ñoñeza interior, pero también, que en su intento por recrear el espíritu de una época, trae consigo lo mejor (y lo peor) de la misma.