Muerte en el Nilo de Agatha Christie

Por Maori Pérez.

 

Agatha Christie es sin lugar a dudas una escritora ejemplar. Podemos perfectamente meterla en el mismo saco que a Mary Shelley o Ursula K. LeGuin, en términos de mujeres que se dedican a “temas de hombres”, es decir, que escriben, muchas veces a contrapelo, literatura de género, y que no le hacen el quite a ponerse en los pantalones de personajes hombres, ya sea para desaparecer en su condición de autora mujer, o, igualmente, para utilizar a un protagonista con femeninos propósitos. Sin embargo, mientras Mary Shelley es, en efecto, una representante primeriza, y Ursula K., por su lado, no puede estar mejor cotizada y legitimada como escritora, cuando llegamos a Agatha Christie pasa algo distinto: no sabemos si compararla con Raymond Chandler o con Isabel Allende. Vale decir, que a partir de nombres como Isabel Allende, Marcela Serrano y Pilar Sordo, hemos creado una categoría para la escritura de mujeres, la de la escritura vendible y hueca. En el caso de los hombres esta categoría existe también, no se puede rehuir que hay escritores que también son vacíos y comerciables. ¿Hay alguna diferencia o podemos decir que actualmente hay paridad en literatura? En lo que respecta al caso de Agatha Christie, incumbiría un ensayo más largo el definir la diferencia, que sí la hay, dado lo mucho que se respeta al mismo género en lo tocante a hombres, como Spillane o Conan Doyle. Pero esta diferencia pese a todo puede verse con mayor detalle si nos fijamos en Muerte en el Nilo.

Muerte en el Nilo

Muerte en el Nilo transcurre, primero, en un barrio en un cierto estado de paz, en donde se nos dan las primeras pistas y figuraciones del conflicto a plantear, y luego, la mayor parte del libro, se centra en un viaje en barco por el Nilo, evidentemente, donde ocurren los crímenes que más tarde el investigador Poirot habrá de resolver. Lo curioso de esta estrategia, por cierto, es que la novela, más que centrarse en un misterio matemático, ensamblado pieza por pieza para asombro del lector, sobre todo se dedica a develar una trágica historia de amor, la de la pareja de criminales. Durante una de las escenas introductorias los vemos planeando el crimen, si bien todavía no se produce y supuestamente no deberíamos saber que de eso se trata. Más tarde los observamos en sus artimañas, y ya hacia el final se nos describe la trama completa de los asesinatos, pero en términos íntimos, una relación irregular de amor, pero de amor. El hecho de que casi no importe el razonamiento de Poirot, que no importe tanto si ha descubierto los procedimientos de la pareja, sino más bien la aproximación poética y romántica al problema trágico, creo que queda claro cuando Christie deja entrever, casi con obviedad, quiénes son los asesinos, durante todo el desarrollo del libro. Como se suele decir que hacen los homicidas, la autora quiere ser descubierta, quiere que la pillen: su afán, esta vez, no es jugar al misterio, sino a la tragedia, al terror, a la violencia, a la maldición del amor.

La diferencia, con el ejemplo expuesto de esta novela de misterio, es la temática. Hay una diferencia genético-temática entre Chandler y Christie, donde a la mujer se la hace callar, no porque hablar sea malo, no porque escuchar sea insoportable, sino porque en nuestra sociedad machista se puede hablar de unas cosas y de otras no. Y dentro de esas cosas que no se puede hablar, un subconjunto serían los temas de mujeres. Fútbol, tenis, política y hasta religión caben en la mesa, pero el amor es empalagoso, y la sangre cuando no es producto de una pelea de pandillas. Propiamente no podría ejemplificar cuáles son los temas que históricamente han sido de mujeres, los prohibidos y los que les incumben, pero cabría realizar ese análisis, antes de, digamos, pasar a una igualdad de temas o a teorías queer o lo que sea. Porque para entenderse mujer libre, antes habría que entenderse como mujeres, ¿no? Su peso histórico, lo que las ha definido y hasta qué extensión se vive lo femenino en estos términos. Al menos en cuanto a este libro, hay una especie de combate con el ideario de lo que representa aquello, con ciertos límites extendiéndose, o difuminándose, lo suficiente para igualar o destacar a esta autora de entre tanto pelo y suciedad hombruna.

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Cristóbal Sepúlveda-Plaza A veces escribo de cine y series. Me encuentra en Instagram como @usuarionumero42