La velocidad de la oscuridad, de Elizabeth Moon. 

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La velocidad de la oscuridad, de Elizabeth Moon.

Por Maori Pérez.

Un libraco, un ladrillo, y sin embargo se pasa bien leyéndolo. Curiosamente, porque no tiene humor, la trama no posee casi ninguna sorpresa.  Los editores al parecer se divierten muchísimo recordándonos durante un veinte por ciento del libro que se trata de una novela sobre el autismo. La cosa llega a tanto como a terminar el texto con un cuestionario pedagógico.

 

Entonces, ¿por qué es buena? La respuesta es siempre la misma: por los personajes. Elizabeth Moon ha sabido crear personajes entrañables, diferentes entre sí y con su propia voz, partiendo por el protagonista, verosímil. (hasta el hartazgo, Elizabeth Moon es de esa gente que saca un título universitario y todos los días le toma una selfie al diploma, nada más en este caso se trata de saber cómo es su personaje autista), y siguiendo por los amigos de él, su amor platónico y los malos de la historia.

Lamentablemente, voy a tener que hablar del tema del autismo, porque de eso se trata la novela. Creo que hay muchas cosas en cuestión que el cuestionario al final del texto ha olvidado para no comprometerse con alguna polémica. Personalmente, soy 15% autista, es decir, no entré en la novela con ese ánimo empático y compasivo que los editores pretenden que tenga el lector, si bien tampoco lo hice con un ánimo patético y autocompasivo. Por lo que ciertas cosas las quisiera poner en duda. Por ejemplo, esta idea de que toda la gente “con asperger” es noble y sumamente inteligente. El autismo no es sagrado, y que el protagonista tenga vida social no quiere decir, aunque parezca contradictorio, que tiene vida social. Tenerla es también tomar cerveza, ponerla cinco veces a la semana, fumarse un cañito en el estacionamiento. En el fondo, Moon está diciendo que es un genio, pero también lo está tratando de bobalicón. Lo del tratamiento me parece bien planteado, es un tema común el que las gentes que tenemos una enfermedad mental dudemos y/o nos planteemos acceder a medicación y clínica. (Y lo que eso implicaría en términos de nuestra personalidad y de nuestras libertades individuales).

 

En cualquier caso, lo que más me ha preocupado leyendo La velocidad de la oscuridad, es el tema mujer. Parece que todavía no me suelto a leer solo una novela, estos tres o cuatro primeros libros del año leer a una mujer siempre ha sido “leer a una mujer” y no simple y llanamente leer. Porque hay diferencias, hay instantes de flashear, detallitos que destacan. Por decir algo, ¿qué implica que una mujer escriba como un personaje hombre? En cuanto a La velocidad…, distingo que la elección de temáticas narrativas. Eso es lo que predomina por sobre la testosterona simulacral. Los personajes se enamoran, hay una especie de pacto tácito de que lo bueno es el trato maternal, no sé, no quiero quedar como machista diciendo que ciertos tópicos son predominantemente femeninos y otros no (ser el que queda fuera del grupo es otro, el malo siempre es antisocial), pero ya había leído una novela de ciencia ficción donde una mujer escribe desde los hombres (Mundos de exilio e ilusión de Úrsula K. LeGuin) y la verdad es que casi no veo diferencia entre ciencia ficción de hombre y de mujer, excepto en las decisiones político-temáticas, en cierto sutil tono distinto del que ocuparía un hombre para hablar de otros hombres. Diría inclusive que cuando una mujer escribe de hombres es más objetiva, si bien deciden y pintan de otro modo, que cuando el hombre simplemente se dedica a hablar de sí mismo y de cómo piensa que es él y el mundo.

 

No voy a leer hombres este año, repito, así que tampoco voy a plantear la cuestión como de pausa dramática “¿y cuándo los hombres escriben como mujeres?”, para criticar a continuación un libro de un hombre que escribe como mujer. No, simplemente voy a concluir mi comentario con esa tarea para la casa.


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