El sistema del tacto, de Alejandra Costamagna. 

El sistema del tacto, de Alejandra Costamagna. 
Por Maori Pérez. 

 

Una cantidad nada despreciable de escritores chilenos tenemos la mala costumbre de imitar la modalidad argentina, muchas veces sin saber cómo hay que hacer para escribir así, de modo que gente como Rafael Gumucio o Collyer o yo parecemos perdidos y desolados frente a la página en blanco, como si no supiéramos con qué material se rellena, como si no tuviéramos nada que decir pero aun así hubiera que decir algo. Alejandra Costamagna hace algo por el estilo, o una especialidad dentro del mismo género, lo que es positivo si buscas rellenar o aburrirte. Muy llamativamente, dado que Alejandra en persona es todo lo contrario. Y que además se la ha señalado como una de las escritoras más talentosas de la actualidad hispanoamericana. El libro en específico, El sistema del tacto, fue finalista en uno de los concursos más importantes del mundo editorial en España, granjeándole ser publicada por Anagrama, posiblemente la editorial más querida de todos los tiempos y por todos los lectores. ¿Y qué sucede? Me aventuro a pensar que simplemente soy tonto, que no entendí la novela.

 

Alejandra Costamagna y el sistema del tacto

A veces hay que recuperar la costumbre que teníamos de adolescentes, de pensar que los libros jamás son tontos, malos o faltos de carisma, que siempre es uno, como lector, el que no llega tan lejos como el libro. Por ejemplo, podría pasar que el texto (y además hay citas y fotografías) escondiera algo que solo se puede conocer si haces lobby o te frecuentas con gente que sabe de literatura actual, de modo de obtener el secreto, un secreto vox populi y ghetto al mismo tiempo. Lo que yo entendí es que hube de enfrentarme, sin duda que perdiendo, al relato de una cierta familia chilena en Argentina o algo así. Uno de los sujetos de esta familia estaba aprendiendo el oficio de mecanógrafo, de modo que a veces se sucedían fragmentos de estos trabajos del sujeto. Las fotografías daban veracidad del relato, al parecer Costamagna conoce a esta gente, o les inventó lo que podrían haber pensado o sentido en determinado momento a partir de sus diarios o de lo que contaban parientes. Este vendría siendo, pues, el defecto: en la novela rara vez pasa algo, simplemente se queda en cómo pensarían o sentirían los personajes ante cosas que muchas veces no merecen tal dedicación, tal vez un poco ridículamente, aunque, claro, no da risa. Ahora, tampoco es para zanjar que el aburrimiento y el mareo sean sensaciones que deben evitarse en la literatura, o que una literatura imitativa de otra no es un género válido y en sí mismo. Muy por el contrario, en esta vida tan ajetreada y llena de conflictos, a veces uno busca un lugar donde aburrirse un rato, y ese lugar puede ser este libro. Hay ocasiones en que resulta necesario marearse, si uno desea acceder a una concepción más alta y compleja de la estética (la banda de metal alternativo Tool, por ejemplo). Quizás el defecto es mío, quizás le estoy pidiendo a la obra que sea efectiva comercialmente, cuando la obra es efectiva, pero de un modo en que mi autocomplacencia no alcanza a comprender. ¿Soy lo suficientemente buen lector, cómo podría ser mejor lector, pueden tantos lectores estar equivocados como para que yo como lector esté en lo correcto, puede la lectura pasar por una ruta más allá del simple “me gusta / no me gusta”? Pero entonces, ¿qué leí? ¿Será posible que no haya leído el libro que todos leyeron, que, literalmente, haya leído el libro al revés y por eso me enredé tanto? Son dudas válidas, probablemente más válidas que la concreta lectura mía personal del excelente libro que estaba fuera de mi liga y que era, como autoría, mucho, muy superior a mi escasa capacidad de análisis. La verdad, no quería criticar a Alejandra, porque la conozco y me cae bien, pero porque además conozco un par más de sus obras y nunca había querido decir eso que opino de lo que escribe y que indudablemente debe ser un error mío y no de ella ni de nadie más que de mí, ¡oh, pobre diablo! En definitiva, escribe muy bien, la leen muy bien, todo funciona de maravillas y yo aprenderé a enmendar mis modos. La portada es hermosa, la tipografía es fascinante, un experimento efectivo y que llega a buenos términos, un avance hacia un mejor futuro en lo que respecta a la industria editorial que es capaz de publicar y premiar textazos tan imprescindibles como este, certera demostración de pericia y capacidad de asombro en los lectores alrededor del mundo, si fuera un trabajo académico merece un ocho, ¡quisiera tanto volver a leerlo! Excelente libro. (Aunque en cierto sentido lo mejor es el final).