Autoayuda, una novela de Matías Correa.

 

Comentario de Maori Pérez.

            Hablemos de Autoayuda. Digamos que existe, y no solo por lo que a mí respecta, un periodista de primera sigla R, quien además admira a R, no el mismo R sino otro, vale decir que R1 admira a R2 (y si llegase a aparecer un tercer R en el curso del texto, hablaremos de R2D2, porque, como bien sabe F, todo tiene que ver con S).

            Entonces R admira a R2. No es el único: por mucho tiempo F2 admiró a R2, y su respectivo colectivo poético L admiramos a R2, y casi todo el mundo admiró a R2, casi del mismo modo en que los comediantes admiran a Chaplin y los arios a Hitler: como quien le pega el palo y al mismo tiempo la rompe. Como alguien que incita a la exclusión de algo y a la exclusividad de lo suyo, de una literatura de verdad en contraposición a la falsa, un árbol gigantesco en contraposición a la enredadera en el bosque de la literatura. Un árbol con cocos, evidentemente para R2, aunque solo sean 2, o 1, o incluso aunque el árbol no sea una palma y no tenga cocos; igual, los tiene, pero la enredadera los oculta.

            Nos hemos visto las caras con R1 tres o cuatro veces a la fecha: para citarme en un restorán, para celebrarme un cuento por Twitter, para citarme en un café, para una pega -que es donde comienza realmente todo- y para hacer hincapié, por Facebook, en lo que me dijo en esa pega. Que podría dedicarme a la autoayuda, y que realmente ya me estoy dedicando a la autoayuda.

            Leí la novela de M., “Autoayuda”, hace quizás un año exacto de la fecha en que se cumpliría un año exacto en que la leí. No hoy, ni cuando esto se publique en As de Copas, pero en el debido momento. Recuerdo que trataba de un hombre que es abandonado por su mujer, pero cuyo sitio, el de la mujer, más tarde lo ocupa otro hombre, desfigurado, un pintor que ha recurrido a frases de autoayuda durante su terapia y obra. Es una obra perfecta sin ser compleja, la de M, y no quisiera ni podría adelantar más frente a quien no la haya leído aún. Porque al igual que S., Autoayuda trae sorpresas.

            Pienso en unas cuantas comparaciones.

            One, de Metallica, la primera vez que la escuchas. La escuchas para que se acaben los dos primeros versos y la canción se vaya a la cresta. Y para la cuarta o quinta escucha, definitivamente ya no es lo mismo. Pero es un clásico, es la gran canción de Metallica, de cuando todavía tenían pelo largo y talento. Entonces la vuelves a poner, aunque sea por joder la paciencia. Hasta que te has cortado tú mismo el cabello y te das cuenta de cosas.

            Memento. Cuando la pareja del protagonista, trágicamente fenecida, cuenta que lee su libro favorito no por la trama sino porque siempre es distinto.

            S., nuevamente. O películas como S (Volver al futuro, Indiana Jones). O Chrono Trigger. Siempre con un pie en el pop y el otro en el rock, una muñeca en el cliché y un codo en la experimentación, de modo que todos queden contentos, y al mismo tiempo nadie pueda insultar la obra.

            D, quien no solo leía a los clásicos y a la academia, sino que se paseaba flagrante por biografías de deportistas y libros de autoayuda. Curiosamente, no entendí el triunfo en fútbol, deporte al que llegué muy tarde, hasta que D explicara en un libro, que trata en gran medida de deporte, el infierno que hay detrás de un partido.

            Y vuelvo a R1. Prometí, o a él le prometí, o me prometí, que en este comentario llegaría a una definición de autoayuda, según Autoayuda, de M. Porque para R1, y para cualquier admirador de R2, la autoayuda es, pues, un insulto. Pienso en aquella frase tan importante para el artista visual de Autoayuda, de M, “aprender a contentarse con menos”. Me acuerdo de tantos libros leídos sin el gusto de leerlos, pero con el gusto de leer, o de haber leído algo. P, para quien su literatura refleja a G, una cantante que, según cuenta la leyenda, se habría operado las retinas de modo de no ver el color azul de las cosas y no poder deprimirse, y cuyo reflejo, esto es, la literatura de P, tal vez no entristezca necesariamente, pero sí que aburre.

            Luego, concluyo con A. No he leído crítica alguna a Autoayuda, no paso de los comentarios de quien me regalara el libro. Pero lo refiero a A, el famoso crítico y cronista. Lo refiero a A, y a un psicólogo cuyo nombre he olvidado, pero inmortal en el bronce, cuando me confesara por inbox “amamos, en la persona que amamos, a la persona que deseamos ser”. Y así se puede seguir eternamente, de autoconsejo en autopalmoteo. Pero pienso en A, me acuerdo de A, refiero a A, concluyo con A, en primavera, mientras la ciudad arde. Y vuelvo inevitablemente a M, de quien trata este comentario, pero de quien R no puede evitar burlarse. Porque, parafraseando nuevamente a Memento: “cierro los ojos, pero la realidad sigue ahí”. Inténtalo, cuando el texto termine, por último para ver cómo se siente. Cierra los ojos.

            ¿Sigue ahí? ¿Como un árbol que cae en un bosque donde nadie lo escucha retumbar, cierras los ojos y la realidad pese a todo es visible, el árbol ha caído aunque no estás ahí para oírlo, la certeza es certeza aunque alguien lo dude, aunque te mientas mientras tanto hay siempre una verdad que te libera, o, como decía mi abuelita que dice Dios “ayúdate que yo te ayudaré”? Pues sí.

Dedicado a César F.