El hombre que miraba al cielo, de Hernán Rivera Letelier. [Comentario]


Por Maori Pérez.

Cuando Bolaño volvió a Chile, se cuenta que le dio un saludo flácido a Hernán Rivera Letelier, un poco marcando la diferencia entre él, un clásico de la lengua castellana, y Rivera. Hace no más de un mes, con la algarabía del nuevo disco, Maynard James Keenan, de Tool, supo que Justin Bieber era su fan y declaró en Twitter “qué lata”. Se armó una breve polémica. La madre de Bieber alegó que cómo un rockero adulto podía tratar así a nada más que un joven fanático, y el baterista de Tool, Danny Carey, tuvo que salir en auxilio de Maynard, el que a su vez comentó luego “no es contra el chiquillo, es contra la industria”. Hernán Rivera Letelier, según ha comentado, leyó a Julio Cortázar hasta el punto de considerarlo su amigo, y al parecer fue él quien ofreció el saludo a Roberto.

Personalmente, no había terminado un solo libro de HRL hasta ahora. Traté con Los trenes se van al purgatorio, subsumido en ideas preconcebidas con el autor, que me evitaron la tarea de esas pocas primeras páginas. Como crítico, uno siempre espera ser complacido, y más que complacido, si bien se puede ser al mismo tiempo un trabajador de la literatura, y se leen muchos textos sencillamente para entender zonas posibles de la pega.

Es “El hombre que miraba al cielo” un libro preciosista, en la edición misma, pero también en el sentido de lo que elabora como autor Hernán Rivera Letelier. Esta sola imagen, la contenida en el título, es bella, y el narrador se pasa por lo menos la mitad del libro explicándonos su belleza y la triste explicación que hay detrás. Congenia mi escritor primerizo con ciertas estrategias: el narrador testigo es pobre, y cuando conoce a una chica ella también es pobre, y el desencadenante, el hombre que mira al cielo, es pobre. Pocas cosas se conocen de los dos primeros, tal vez se borronean o estereotipan ocupaciones, uno que otro diálogo, y, por supuesto, la travesía de llevar a aquel hombre al desierto. Hay una atención frente a los paisajes, a la relación tensa con la experiencia vital y el conflicto es prioritario pero tampoco es formalmente violento. El contenido sí, la aproximación sí: cárceles, asesinatos, movimientos imprevistos, marginalidad. Pero, dentro de todo, el escritor del libro toma decisiones de cine arte, caso omiso a cualquier manual, hace lo que quiere en cuanto atisba la oportunidad y el libro termina, pues, abruptamente. Y esto es lo más precioso de un libro confeccionado con buenas tapas, buen papel, y pocas páginas. Y una ilustración de portada decidora.

Pero tampoco es un libro que tenga muchas posibilidades de triunfar, críticamente o por culto, en Chile. Tendríamos que leerlo en portugués y ser nosotros mismos portugueses. Un traductor al portugués en Portugal debiera encontrar el equivalente a “machetear” para que nos maravillaran aquel pintor de cuneta, aquella muchacha punk y el hombre que miraba al cielo. Porque nadie es profeta (¿o poeta?) en su propio terruño, y lo que esta edición le imita a otros libros, a las ediciones limitadas de Anagrama, a los cuentos ilustrados de otras latitudes, funcionaría, en efecto, allá. Ya que aquí, donde el “pintor” que narra esta historia esboza sus distintos vericuetos, tal vez podría haber ahondado más. En su liviandad da a entender que el relato que hace no lo conoce demasiado. Y si ha habido libertad, mirémosla bien, porque habría que ser muy peritos para lograr lo que queramos sin saber cómo se logra ni conocer al que la hizo primero. A su favor, Hernán Rivera Letelier ha escrito un libro o un cuento largo bastante más desnudado de sus vicios anteriores, en un tono que ojalá mantenga si decide publicar un volumen compilatorio.