The Goldfinch («El Jilguero»)

2019, dir. John Crawley

por Iván Ochoa Quezada

Discutir sobre The Goldfinch es reconocerse en un conflictuado campo de batalla. En un frente está la admisión irrefutable de que no es, en absoluto, la obra maestra que aspira a ser; en el otro, hay una avecilla insistente cargando una noción de impoluta grandeza. Entonces, como la explosión que gatilla la historia, sólo la disipación del humo revela la magnitud de los daños.

Nicole Kidman y el impecable Oakes Fegley.

The Goldfinch es la adaptación de la laureada (y larguísima) novela de Donna Tartt, galardonada en 2014 con el Premio Pulitzer. Cuenta la historia de Theo Decker, un niño neoyorkino que pierde a su madre luego de un atentado terrorista en el Museo Metropolitano de Arte. A través de distintas vicisitudes y décadas, su único verdadero resquicio de esperanza es una bella pintura que rescató de las cenizas.

La pintura que se rehúsa a morir.

La película es un verdadero Gato de Schrödinger: fascinante y soporífera, demasiado larga y demasiado compacta. Sus múltiples temas y aristas están tratados con evidente reverencia, pero la pregunta principal es ¿era el cine el medio idóneo para contar esta historia? Crawley y su equipo hacen lo posible por hacerle justicia, pero últimamente la cinta pareciera querer ser libre y volar hacia formatos más expansivos. La historia y los personajes pueden soportar una narración más distendida (una miniserie, por ejemplo), pero en una película de 150 minutos la adaptación tiene el paradójico efecto opuesto. Así, el esfuerzo por contar mucho termina jugándole en contra. Es solemne hasta el punto de ser plana, y a pesar de eso hay roturas por las que se aprecia la luz del potencial. De todos modos, es un curioso caso – uno en que el propio espectador debe entrar y decidir por su cuenta.

The Goldfinch se estrena en salas este 19 de septiembre.