El espía de dos mundos, de Luis Leopoldo Bobadilla.

Por Maori Pérez.

Del mismo modo en que una proximidad puede ser ambigua, uno es alguien para alguien aunque no lo conozca o se vean poco, el intento de rescate de una escritura no tiene por qué omitir la crítica.

En el presente caso, Leopoldo Bobadilla, hace poco fallecido, fue mi tío. Lo vi 2 veces en total, y el libro nos llegó a mi madre y a mí la segunda y última ocasión. A cualquiera que busque y encuentre el libro, atenderá posiblemente a la abultada biografía de un hombre exitoso y a la vez muy capaz de escribir su proyecto. No sé si Ian Flemming, o, para ser aún más obvio con las referencias, el autor de Sherlock Holmes, hayan tenido instrucción criminalística o militar antes de escribir sus populares aventuras de espías y detectives. En el caso de El espía de dos mundos, Bobadilla la tiene.

¿Quiere decir que estaba preparado para hacer literatura? Técnicamente, formalmente, sí. El libro habría pasado las pruebas de cualquier fondo concursable en lo que toca a gramática y creación de personajes y escenarios. Tengo mis resquemores en otros apartados. No me gusta la biografía doblemente solapada, el autor tendría que mantener su misterio. Tampoco me gusta el ambiente vacacional del argumento: éxito, dinero, viajes, paisajes, amor tradicional, autos, motos y muchas alegrías y felicitaciones. El autor hizo una mezcla de lo que sabe y lo que desea, y eso le ha salido bastante, pero el lector no encontrará en este tramo imágenes poderosas o poesía.

¿O tal vez sí? ¿De qué modo? Cuando hay un subtexto, en este caso, el de una nostalgia crítica del heroísmo. Es hermoso echar de menos el hacer un bien colosal, pero también hay que analizar el justo valor de la victoria en un mundo, en dos mundos mayormente derrotados.

La discusión puede extrapolarse, y ojalá llegar a algún asidero redentor, considerando cuanto ejemplo hay de autocomplacencia en la literatura, o considerando el valor de esta literatura, para los autores, quienes se cobijan en ella por la promesa de salvación que ofrece la inmortalidad de la literatura, y para los lectores, evidentemente, no mucho, no demasiado valor, aunque eso depende también de quién está detrás de la obra.

Y no deja de ser fantástico, en ejemplos como Gumucio o quien suscribe, que la gente cree a gente de ficción para tratarse bien a sí misma. Es como algo salido de Blade Runner. Inclusive, se puede estar muy enceguecido por el vano placer de esta actividad (en efecto, hay tantas cosas que dejan ciego), y ya no asir ningún otro objetivo al texto literario más útil, más bello. Ni siquiera por instrucción o como para probar otra cosa leída en alguna otra parte.

Es una actitud inmadura, y se pasa, en algún punto del tiempo.  Tampoco hay que excederse, porque el corpus es tentador y vulnerable pero, además, es débil, y del amor propio a la tortura a veces no hay nada más que un par de repeticiones extra de un adjetivo. Y claro, se puede viajar, y volver a viajar por El espía de dos mundos, el de Luis Leopoldo o el mío respecto de él, y no llegar a ninguna parte. No obstante, hemos llegado a cierto sitio ponderable, a dos sitios en realidad: la penúltima frase del comentario, y la que sigue.