Salisbury, de Francisco Ortega


Salisbury perfectamente entraría en el territorio de Stranger Things, una película ochentera con elementos de terror, buenos personajes y banda sonora. Pero no es en esto en lo que quiero adentrarme, si bien dudo que Francisco Ortega escriba alejado de los límites del comercio. Lo que me interesa de Salisbury, es cómo las redes sociales, en particular el Instagram de Francisco Ortega, desnudan la obra y muestran al escritor como ser humano. Un ser humano que puede trabajar muchas cosas en sus textos, pero en otros apartados de la obra simplemente recurre a lo que ya sabe, a lo que no necesita investigar, a un espejo.

Esto lo ilustra de fábula la película Blade Runner 2049. En la búsqueda de su origen, de su pasado, del descubrimiento, el protagonista, recordemos, un Nexus, se pregunta por un recuerdo propio, se pregunta a sí mismo y luego acude a su diseñadora para confirmar si el recuerdo es verdad. Ella asegura que sí, lamentablemente sí (más tarde entenderemos que el recuerdo es real porque es de ella, quien ha violado la ley pasándole un recuerdo verídico, de su propiedad, al personaje interpretado por Ryan Gosling).


Y es una metáfora que opera de manera muy cercana a cómo opera Salisbury. Si examinamos a sus personajes, la mayoría encantadores, y examinamos las redes sociales de Francisco Ortega, entenderemos que, al menos en lo que respecta a los temas y canciones de la novela, Ortega no se pierde a sí mismo. Y lo que uno termina preguntándose es, ¿al autor de verdad le gusta esta música, y conoce a esta gente por el destino y el placer de que lo rodeen, y vive su vida en medio del azar absoluto de que ella y su obra literaria coincidan en los mismos puntos, o es un genio que bordea lo maquiavélico, pero de quien se puede admirar el profuso trabajo de armar persona y personajes de la misma manera y en perfecto diálogo y equilibrio?

Mi respuesta es la más básica, porque soy desconfiado. Ortega escribió gran parte de Salisbury confiado en que el género de la novela no iba a perder peso si le metía algo de su propia cosecha, de sus propias afinidades, incluso de su persona pública y de su modo de ver. Una novela un poco autocomplaciente, y sin embargo entretenida, que tal vez habría convencido como producción objetiva si el autor no se mostrase tanto, si no delatara obsesivamente sus gustos musicales, sus amistades y, pues, que el ortegaverso, al menos en esta ocasión, es pequeño, anecdótico, subjetivo, y en él casi todos son Ortega.

Pero la pregunta está ahí, y el delirio egótico vale para todos. Nada más insistiría en considerar esta idea de lo público, si es que resta o añade validez a una novela, considerablemente íntima.

Alejandro Zambra dijo hace poco en una entrevista que disfrutaría muchísimo escribiendo un diario que no mostrarle a nadie. Yo en general engancho con las iniciativas del poeta de Mudanza. La pregunta se puede invertir, ¿tendría el mismo valor el ortegaverso si no supiéramos quién es, cómo es Ortega? Imaginemos una Biblia donde a Dios le importa un carajo lo que opinen de él, si le creen, si le obedecen, si es único, y donde nadie anda buscando su favor porque creó en el inicio y al segundo desapareció y, curiosamente, más tarde todo salió bien y nadie necesita ayuda. Sería un relato científico y agradecido, pero tal vez el universo, ni hablar del ortegaverso, solo tal vez, no andaría. Los mecanismos que requieren de estas mitologías, Dios o el autor de un libro, mantienen a la industria, de la religión o la literatura, en funcionamiento, y sin religión no habría bondad, y sin literatura no habría escape. Así que bien por Francisco Ortega. Ha escrito un libro muy entretenido y muy suyo.

Por Maori Pérez