La extinción de los coleópteros, de Diego Vargas Gaete.

Por Maori Pérez.

Elaborar una definición de pop resultaría bastante arduo. Ciertamente que una imagen salta a la marquesina mental cuando decimos pop; allí hay boy bands, girl bands, e incluso alguna banda de rock que detestamos. Pero luego un genio dice que detrás de su proyecto hay meramente la intención de hacer pop, llámese Kurt Cobain, Justin Broadrick o Charly García. La definición cambia, descubrimos el buen pop.

Una definición de pop, considerando el nacimiento histórico del pop, y sus innumerables variaciones, alcances y plataformas, tomaría un libro entero, uno que posiblemente ya se ha escrito y que, por ignorancia, no puedo citar. Pero cuento con la suficiente evidencia para decir que el pop, como todo género, es un organismo donde entran, salen y se mantienen determinados elementos, especialmente en lo que respecta a la novela pop. En el caso de La extinción de los coleópteros, la novela es pop, o tiene elementos del pop, pero (pop-pero) sobre todo (pop-supuesto) hay una omisión de elementos que la aproximan a territorios experimentales.

La extinción…, es el título de este libro, y es además descrita en el libro como consecuencia del correcto avance de la industria agrícola, específicamente en la labor de una familia, la familia de una mujer, que el libro metatextualiza, o sea, pretende denunciar y hasta denunciar la denuncia. Pero es cómico, el narrador no se toma en serio; y es una de las tantas muestras que ofrece el libro de que narrar una historia se puede asumir con la distancia que ofrecen los distintos formatos y la hilvanación entre líneas, el entretejido de lo que se muestra y lo que se trata de contar a los lectores, cuando la poesía es utilizada directamente para fagocitar, hace lo que viene a hacer sin maromas ni introducciones de otra especie.

Personajes entrañables; o despreciables, pero pop. Y un relato que es algo más que divertido. Es pegajoso, es masticable. (Y agrio, como un chicle de nicotina.) Y lo más im-pop-tante, la forma, el oficio. Porque no hay detalle que se escape a esta especie de convulsión experimental de lo pop, de modo que hasta el libro mismo se acaba cuando podría haber seguido indeterminadamente, o, por lo menos, finalizar habiendo cerrado los cabos, o habiéndolos dejado con una mínima insinuación de apertura. Como una canción de Pixies o de Silversun Pickups.            

No he leído otros libros de Diego Vargas Gaete, aunque me han dicho que son, si cabe, mejores. Como primera lectura (y escritura al respecto), adhiero al grupo, que se va llenando rápidamente, de gente que aprecia su estilo. Si llego a ver otro libro de su autoría, probablemente