Blinded by the Light («La Música de mi Vida»)

2019, dir. Gurinder Chadha

por Iván Ochoa Quezada

Es atípico, a lo menos, discutir sobre Blinded by the Light mediante una referencia a David Foster Wallace, pero ténganme paciencia: al menos en mi cabeza, la conexión tiene algo de sentido. Verán, el laureado escritor se refirió alguna vez al problema con la ironía y el cinismo. En esta época, cuyo pérfido olor es sinónimo de hecatombe irresoluble, donde es fácil descartar el valor de la esperanza y el más prístino sentido de la dulzura como un lujo de ingenuidad inadmisible, el cinismo ha perdido su valor deconstructivo y devino en pura apatía. Esta actitud es, por supuesto, tremendamente nociva; en palabras de Foster Wallace, la ironía pasó de ser liberadora a esclavizante – la canción de un prisionero enamorado de su celda. Descartamos la sinceridad y el sentimentalismo como superfluos, como niñerías que fallan en comprender los matices de una realidad hipercompleja. Renunciamos al poder redentor de la simple alegría.  Y así, terminamos de brazos cruzados.

Lleven insulina al cine.

Descubrí eso viendo Blinded by the Light. La historia de cómo las canciones de Bruce Springsteen inspiran a un joven pakistaní en la Gran Bretaña de Thatcher es diabéticamente cursi; se para frente a ti con una inquebrantable sonrisa, cantando a todo pulmón, mientras argumentas que no es un logro cinematográfico particularmente notable. Es un pincelazo bruto, un sketch algo reduccionista. Sin embargo, luego de unos minutos descubres que su pureza es infecciosa y su espíritu es imposiblemente verdadero: la cura última de la intolerancia siempre ha sido el amor.Blinded by the Light es sobre la universalidad del arte, la tradición versus las libertades individuales, y sobretodo, la necesidad de no defenderse contra los paroxismos – sobretodo de los que nos llevan a cantar y bailar juntos.

Blinded by the Light está actualmente en cartelera.