La muerte del comendador [Libros]


La muerte del comendador (Libros 1 y 2)
HARUKI MURAKAMI

“La muerte del comendador” trata de un pintor que realiza inspirados y decidores retratos a pedido de gente importante, y que se va a vivir a una cabaña en el bosque, propiedad de otro pintor, muy célebre y con alguna polémica en tiempos de la segunda guerra mundial, y que actualmente agoniza y ha dejado el lugar libre. Además de hallar ahí un cuadro misterioso que da nombre al libro, descubre y comienza a desenredar, hasta cierto punto, una maraña de entuertos, algunos fantásticos, otros hiperrealistas, mientras pretende sobrellevar un divorcio y dar clases de pintura en una escuela próxima.

Cuando terminé de leer los dos libros de La muerte del comendador, de Haruki Murakami, la cuestión fue, en pocas palabras, cómo un texto que no varía su tono, que no altera su estructura ni realiza reales cambios de tiempo o de narrador, puede ser tanto o más gratificante que novelas incluso más breves, pero muchísimo más experimentales, como Los Detectives Salvajes.

La muerte del comendador

¿Sería raro que un fumador empedernido de pronto disfrutase mucho más del aire puro? Un fumador de cigarros, más tarde cigarros negros, y después cigarros indios, y luego pitos, esto es, pitillos de marihuana, pero creo que también hay formas de liar heroína, entonces de esos a continuación, para finalmente largarse –chato de todo- al campo y respirar, solo respirar. Aspirar, inspirar, suspirar y hacer vahos del frío encima del monte y tal vez echar un leño al fuego de vuelta a casa. ¿Pueden el calor de casa y el aire de la inmensidad ser mejores que el tabaco?

La idea del retorno a lo simple abre un abanico de ejemplos a cualquiera que lleve un par de años de fábula en fábula. El primer OVA de Dragon Ball trataba de un rey que ya había comido todas las exquisiteces habidas y por haber y cuyo despotismo, porque arrasó con todo, consistía en encontrar ese nuevo plato delicioso; tras ser derrotado por Gokú, probó, con mucho contento y asombro, una manzana. En DNA 2, de Katsura, el protagonista abandona su hogar, su madre y a su mejor amiga de la infancia, para vivir complejas aventuras que simplemente desaparecen con el viento de la lluvia cuando vuelve a casa. Chrono Cross, Ocarina of Time, Sueño de una noche de verano, y por lo menos 100 otras ficciones, terminan con la excusa de que todo fue un sueño. Y nuestras vidas, aunque algunas muy apacibles, un día habrán de recordarnos, como parafraseando a Violeta Parra, que hasta respirar es mentira.

Murakami es eso. Es la muerte que es verdad. Especialmente si la muerte ya ha empezado a presentarse. A Roberto Bolaño le habría gustado, y tal vez lo creía un poco, ser la muerte. Y lo mismo a Julio Cortázar, y a Georges Perec. Pero la muerte es simple, la muerte es cliché, es cursi. Y te entretiene por toda la eternidad, y creías tenerla a raya (hasta que te tocó nacer).

Soy más o menos un buen lector de Haruki Murakami, no me deben faltar más de dos libros por leer de los que hay traducidos al español. Cuando comencé a leer a Haruki, lo desestimé. Muy básico, incluso medio publicitario. Para el autor todo eran frases hechas y gente que comía y bebía. ¿Cómo lo nominaban tanto al Nóbel? Y en el transcurso de engancharme, las sospechas surgieron. ¿Era el papel de las ediciones? Así que compré un libro de la misma editorial, pero de un autor gringo. Y no, la novela gringa sabía a gringo. La respuesta es que Haruki Murakami es un estilo. Muy japonés, y ciertamente que Kitchen, de Banana Yoshimoto, también de Tusquets, es casi tan buena. Pero Murakami es un estilo único y en sí mismo, un grupo renovador de posibilidades, una alineación de cosas que no había aún y que se nos presentan nuevas, en tiempos en que la novedad es tremendamente escasa, más todavía si consideramos la bondad y calidad del texto comentado y de la totalidad de su obra. Siempre es un goce volver a Murakami.

Por Maori Pérez