Fahrenheit 451 – Una Insípida Adaptación de HBO


Fahrenheit 451 – Una Insípida Adaptación de HBO

Sí, cuando me enteré de la existencia de Emoji Dick, también me pareció el fin del mundo. Pero para revivir el clásico de Ray Bradbury se necesita más que alarmismo. Se necesita, sobre todo, compromiso. Y esta Fahrenheit 451 parece no tener demasiado claro hacia dónde dirigir su crítica.

Pero comencemos con lo que esta adaptación de HBO hace bien. Guy Montag (Michael B. Jordan),  un exitoso bombero, es también una suerte de influencer. En esta versión del futuro, incluso los actos de “justicia” como la quema de libros son emitidos en directo y sometidos a la rigurosa evaluación de los likes. La aprobación popular de Montag le permite a su superior, el capitán Beatty (Michael Shannon), pensar en dejarlo a cargo de la unidad que dirige. En este futuro no existe el terror de sentirse constantemente vigilado porque, tal como hoy en día, hemos abierto las puertas voluntariamente y expuesto nuestra intimidad a cambio de visibilidad y posicionamiento.

Tras una nueva guerra civil (o algo así) el país se reconstruye bajo la creencia que toda esa literatura, y unas cuantas otras formas de expresión artística, contienen el germen de la locura y son responsables de los violentos enfrentamientos de nuestra historia. Sólo unos pocos textos son permitidos, como Emoji Dick y La Biblia (que nunca ha inspirado ninguna clase de masacre, claro). Todo lo cual le parece perfectamente coherente a Montag, pero luego de ver  a una creyente arder junto a su biblioteca, comienza a tomar interés en este contenido. Gracias a Dostoievski y a Clarisse (Sofia Boutella) experimenta el valor de los libros  comienza su desapego del sistema.

fahrenheit 451

Y en este primer paso hacia la emancipación de Montag, el guión de Ramin Bahrani deja en evidencia sus flaquezas. Porque aún enunciando el cambio de paradigma desde una cultura de la palabra a una cuya comunicación y conocimientos descansan en la visualidad, no se hace nunca cargo de él. Ni siquiera se atreve a comentar en cómo no es nuestra necesidad de historias la que se extingue junto con los libros, sino simplemente encuentra satisfacción en las vidas de aquellos personajes virtuales que construimos para las redes sociales (quizá en vez de haber traducido Moby Dick, necesitaríamos una nueva versión emoji del Ulises). Por el contrario, ocupa esto como telón de fondo para imprimir gravedad a una historia que no transmite ningún sentido de urgencia. Probablemente, porque esa misma racionalidad tecnológica que viene a reemplazar la solemnidad de la palabra es también la condición de posibilidad del contenido del que participa la propia película. Su condición de posibilidad.

Para una película que pretende defender el valor del arte, su veracidad, Fahrenheit 451 está lejos de formar parte de las obras magnas de la historia del cine. Porque es, simplemente, otra pieza más de contenido para streaming.