El Sacrificio de un Ciervo Sagrado: la última pesadilla de Yorgos Lanthimos


El Sacrificio de un Ciervo Sagrado: la última pesadilla de Yorgos Lanthimos

por Iván Ochoa

(alerta de pequeños spoilers)

Pantalla negra.

Comienza a sonar el Stabat Mater, D 383: I. “Jesus Christus schwebt am Kreuzel”, de Michel Corboz.

Segundos después, y sin aviso, se manifiesta frente a nuestros ojos la primera imagen de la película: el plano detalle de una cirugía de corazón. Genuina.

Con ese golpe, Yorgos Lanthimos da por iniciada su última pesadilla. En un paisaje cinematográfico cada vez más homogéneo, adormilado y cobarde, Lanthimos es una voz que seduce, irónicamente, haciendo todo lo posible por alienarnos. El realizador griego, que saltó a la fama luego de Kynodontas (“Dogtooth”, nominada al Oscar como mejor película extranjera), tiene una afinidad por mundos bizarros y discordantes, personajes herméticos e historias que, por decirlo suavemente, parecen producto de una severa sobredosis de estupefacientes. Kynodontas, por ejemplo, es la historia de tres adolescentes cuyos padres les aislaron del mundo, mientras son reeducados para creer que sólo podrán salir cuando pierdan sus caninos. The Lobster, su primera cinta en inglés, transcurre en un hotel para solteros con el fin de emparejarlos. Si no lo consiguen en un plazo de cuarenta y cinco días, se les transforma en animales y son abandonados a su suerte en el bosque. El Sacrificio de un Ciervo Sagrado, en cambio, se basa (apropiadamente) en la tragedia griega de Ifigenia; Colin Farrell es un cirujano cardiólogo cuyos pecados le conducen a la imposible decisión de tener que sacrificar a un miembro de su familia para aplacar la ira de un dios.

Un dios maligno al acecho.

El Sacrificio de un Ciervo Sagrado es un ejercicio magistral en atmósfera. Bebiendo amplios sorbos del vaso de Kubrick, Lanthimos utiliza la cámara y la música para sugerir un constante estado de amenaza aun en las escenas más triviales. El regado de unas plantas se convierte en el acecho de una presencia innominable; la caminata por el pasillo de un hospital deviene en la certeza de que la muerte también escolta esos espacios. Esa permanente sensación de peligro y ambigüedad, de no saber qué carajo está pasando, es lo que mantiene viva la atención a pesar de saber que nada bueno saldrá de ello.

Junto a Farrell y Nicole Kidman (quien interpreta a Anna, su esposa), la gran revelación de la cinta es Barry Keoghan. Al principio su personaje no hace mucho sentido: es un joven con alguna especie de retraso mental, que mantiene una extraña relación con el cirujano. A medida que progresa la historia, sin embargo, se revela que es el hijo de un paciente que murió a manos del doctor y que ahora, por medio de una magia oscura e inexplicable, ha arrojado una maldición a su familia. La actuación de Keoghan no es menos que espeluznante: es todo lo contrario a lo que se espera de un “dios”, lleno de manerismos y comentarios disonantes, y por ello aún más efectivo.

El dios que demanda sacrificio.

En resumen, la más reciente rareza de Lanthimos puede no cargar la aguda crítica social de The Lobster, pero el solo peso de su atmósfera y la ansiedad de la pregunta dramática son suficientes para crear una experiencia que no se sacude fácilmente.

Su estreno en salas nacionales está fijado para el próximo 29 de marzo.