Columna de Mierda: Girlboss


Columna de Mierda: Girlboss

Hace más o menos diez años, una adolescente anarco wannabe fundó desde su dormitorio, un negocio que llegaría a costar varios cientos de dólares. En 2014, Sophia Amoruso escribió #GIRLBOSS un relato sobre su camino al éxito y las virtudes de ser tu propia jefa. Hace algunas semanas, Netflix estrenó la serie del mismo nombre que prometía ser un nuevo baluarte de la emancipación femenina, esa que se logra gracias a las bondades del e-commerce.

Pero los sueños de representatividad fueron decantando. A sólo horas de su estreno comenzaron a aparecer los primeros comentarios negativos, apuntando principalmente a lo poco digerible que resultaba la personalidad de la ficticia Sophia. Tengo que confesar que tanta ola de desagrado virtual me impulsó a ver la serie completa. Quería saber si el rechazo se debía a esa barrera natural que nos podemos cuando vemos nuestros defectos reflejados en otros, o si se trataba de una producción deficiente más allá de la personalidad de su protagonista. Y creo que es un poco de ambas.

En términos formales, esto es, en la sumatoria final entre lo que se cuenta y el cómo se cuenta, Girlboss es otra de esas series suficientes. Nos presenta su propia versión del viaje del héroe, una en que las enseñanzas que terminan por hacer crecer a Sophia llegan demasiado tarde en la temporada, mientras nos quedamos estancados con episodios que parecen regocijarse en sus vicios. Una demora excesiva para la fórmula narrativa más tradicional pero que se condice con una generación a la que le cuesta concentrarse en una sola cosa, y que necesita recibir estímulos en distintos espacios perceptivos simultáneos.

Es la historia de la chica despistada que viven en un pueblo/ciudad llena de adorables desadaptados que conforman más o menos una familia.

Una chica sin un proyecto de vida claro y su vecino/amigo (inserte aquí dos minorías)
¿dónde lo hemos visto antes? (sorry RuPaul)

Después de ver sus 13 episodios, creo que la serie se la juega por darle identidad visual a la historia y por construir un arco emocional para Sophia. En especial cuando se trata de trasladar las interacciones virtuales al espacio de la imagen. Su único gran pecado es quizá una fascinación desmedida por la autocaricatura, esforzándose demasiado por probar que es capaz de reírse de los defectos generacionales. En su primer episodio por ejemplo, los deseos de dibujar a Sophia como una suerte de Annie Hall millenial le restan más que suman, porque seamos honestos, la comparación no favorece ni a la serie, ni a Britt Robertson.

Por otro lado, a pesar que Amoruso sí confiesa sus coqueteos con el anarquismo en su libro, la intromisión de este aspecto desbordante de su vida previa para acentuar su paso desde la pasional adolescencia a la racional adultez se siente un poco forzado. Y las constantes actitudes de mierda de Sophia -cómo ella misma reconoce- son un desafío a la paciencia de cualquiera que esperaba que la serie fuese otra más de la larga lista de producciones con agenda política reivindicativa (digo “política” pensando en Rancière).

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Quizá allí radica el gran problema de Girlboss: el choque con las expectativas. Amoruso reflexiona sobre esto en su libro, relatando cómo el éxito de Nasty Gal la dotó de una visibilidad no deseada que también fue un peso, porque a los ojos de muchos debía ser una rol model. Un ejemplo a seguir. Una persona que llegó allí no por privilegios sino porque lo merece. Pero el éxito nunca es tan sencillo como nos lo presentan esas biopics prefabricadas de Hollywood, y muchas veces el héroe no tiene nada de heroico (aunque sí, hay formas mejores de retratar estos perfiles complejos como bien lo sabe el señor Fincher).

Verdad versus verosimilitud

Pero he aquí la gran disonancia de la serie, que se permite mostrar a una protagonista detestable a la que le sale todo bien (relativamente). Ahora, ¿qué tan caricaturizada es la versión de Netflix? Imposible saberlo sin conocer de primera mano a su protagonista. Sin embargo, el narcisismo autocomplaciente parece ser un rasgo más o menos arraigado en nuestra generación. Narcisismo que, por ejemplo, llevaría a una persona a escribir un best seller sobre su vida, un libro en que no tema mezclar teoría política y existencialismo, de citar a Aristóteles y a Sartre de un párrafo a otro, ni de interponer entre ambos reflexiones esotéricas sobre cómo el deseo del éxito atrae al éxito*. Aunque sería interesante leer las nuevas reflexiones de Amoruso sobre el capitalismo luego de la bancarrota.

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Al final, puede que la historia detrás del éxito de Nasty Gal sea digna de admiración, pero esto no significa que la persona detrás de la marca lo sea en igual medida. Porque como bien nos advirtió Baudrillard; las personas no somos marcas.