Ghost in the Shell Remake [MiniReview]


Ghost in the Shell Remake [MiniReview]

“La tele sólo se ocupa de cuerpos políticos, de gente con cuerpos que se están muriendo, de atracadores o policías que perforan cuerpos o de médicos que remiendan de nuevo los cuerpos. (…) Relatos efectistas que se repantigan eternamente, huraños, listillos, evasivos y sin pelo en el pecho ”

David Foster Wallace

La nostalgia nos ha traicionado de nuevo. Con un entusiasmo discreto, la llegada de Ghost in the Shell es la materialización de todo lo que esperaba que no fuera. No, el gran problema no es el whitewashing sino la condescendencia. La simplificación absurda, la reducción a la fórmula a manos de una industria cuyos magnates no nos creen capaces de reflexiones ontológicas. Ya se imaginan: menos Bergman, más Pilar Sordo.

 

 

En esta adaptación del 2017, la policía lucha contra el terrorismo, hay problemas con inmigrantes y el enemigo es un poderoso empresario sin escrúpulos. A la autoreferencia insoportable se le suma el peso del estándar en este nuevo viaje del héroe. Uno en que nuestra protagonista debe escarbar en su memoria para encontrarse a sí misma, y hallarse, por supuesto, al centro de una conspiración.

Y si la versión de Mamoru Oshii rescataba ese ejercicio analítico sobre la esencia humana. Sobre cómo esta noción -cargada al platonismo- supone la existencia de un alma como la sustancia inamovible que entra en jaque cuando modifican sus accidentes (el cuerpo). Y nos obligaba a retornar la vieja pregunta por el ser hombre del hombre, para intentar dilucidar dónde exactamente descansa nuestra humanidad: ¿en nuestra memoria? ¿en nuestros genes? ¿en nuestra consciencia de nuestra propia existencia?. Res cogitans. Dasein. Su versión occidentalizada es una coraza vacía que intenta suplir su falta de densidad con recreaciones plano-por-plano de nuestras secuencias favoritas.

Scarlett Johansson no es el problema.

Reflexiones con spoilers

Siendo honesta, Ghost in the Shell 2017 trata un problema más urgente que el clásico noventero: el cuerpo como mercancía. A ratos intenta reflexionar sobre la propiedad de los cuerpos, sobre los cuerpos licenciados (un poco como vimos en Logan). Pero, es una reflexión que se reduce a un par de comentarios con la densidad epistemológica de una frase motivacional para Instagram. Y que Rupert Sanders intenta maquillar con una estética ondera, y el peso del culto materializado en Takeshi Kitano.

Al final, Hollywood termina convirtiendo a Mokoto en una esclava del Estado que le arrebató su cuerpo. Y si el comentario de Shirow Masamune es que no podemos ser poseídos, que el cuerpo es un receptáculo de algo más grande, algo que incluso la inteligencia artificial es capaz de desarrollar para sí misma: una consciencia. Esta adaptación devela su naturaleza publicitaria al sacrificar la integridad de su protagonista para asegurar una larga vida para una potencial franquicia. Y en este sentido no es mejor que el villano que dibujan.

“La cultura popular, esa gran canción de cuna tarareada por Estados Unidos de América, ese gran bloc de notas sujeto con un imán en la nevera de la fe, se lanzará, desprovista para siempre de patrocinadores, al suelo cuidadosamente cubierto de sal. El público, esos grandes necesitados, ya no echarán de menos que se les recuerde en qué creen.”

Es triste cuando la manipulación se vuelve tan transparente. Cuando usan aquello que quieres en tu contra. Pero al final, la mejor forma de honrar a Mokoto es preguntarnos nosotros mismos qué es lo que nos hace humanos. Y la única forma de honrarla a una de esas obras extrañas que a pesar de ser concebida al interior de una industria contiene el germen de su erosión es preguntarnos por las distancias entre arte y entretenimiento. ¿Por qué conformarnos con entretención cuando podemos tener arte? Y ¿a quién le conviene nuestro conformismo? Y para hacerlo que mejor que releer a David Foster Wallace.