Sonata de Otoño [MUJERES EN EL CINE]


Sonata de Otoño [MUJERES EN EL CINE]

¿Se acuerdan de ese capítulo de Breaking Bad, Ozymandias? Esto es Ozymandias elevado a la potencia. Con Sonata de Otoño, Bergman regresa al estudio de personajes y nos presenta uno de los enfrentamientos más sanguinarios del cine; el desencuentro entre una madre y una hija en el que cada palabra opera como una estocada equivalente a los baños de sangre de todas las slasher juntas. Una película de terror que sin suspenso ni jumpscares, nos presenta a fantasmas que reclaman justicia y monstruos que jamás estuvieron en el clóset, monstruos que nos dieron a luz.      

Eva (Liv Ullmann) se prepara para la visita de su madre, Charlotte (Ingrid Bergman), a quien no ha visto en más de siete años. Pero lo que comienza siendo una feliz reunión madre e hija, termina siendo en enfrentamiento entre una mujer cansada de las expectativas irrealizables de su madre, y otra intentado en vano explicar las razones para tanta ausencia. Y si PERSONA es una película sobre nuestra identidad y la del cine, Sonata de Otoño es una película sobre la dicotomía entre formar una familia y ser un artista. Y tienen esto es algo que tanto Bergman como Ullmann tienen en común, el divorcio evidente entre ser una buena madre y el éxito de sus carreras actorales.

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Rostros que se contraponen

También el propio Bergman tiene mucho que decir al respecto, pero no se entretiene en los pormenores de las exigencias artísticas, más bien dedica tiempo a develar las pequeñas tensiones que una a una irán sumando hasta el gran clímax, la conversación final entre Eva y Charlotte. Momento para el cual no le quedan ganas a Charlotte -ni a nosotros- de justificarse. Un preludio construído alrededor del cuerpo enfermo de su hija moribunda, Helena, y su nieto fallecido, ambos recordatorios del imperativo de la muerte que acaba de ver llevarse a su antiguo amante. Charlotte se va quedando sola con su arte, y cuando intenta recuperar a su familia se encuentra con que no hay nada a qué regresar, porque sus largas ausencias fueron de a poco destruyendo los cimientos sobre los que creyó descansaba su vida familiar. Y Eva tiene por fin el valor de enfrentar a su madre en toda la monstruosidad que ella y Helena se negaban a reconocer, en su madre y en sí mismas, aunque su gesto final sea siempre el de una niña que perdona y ruega por aprobación.

Espacios que nos hacen ver pequeños.
Espacios que nos hacen ver pequeños.

Sonata de Otoño es una de las últimas películas de Bergman, una película teatral, dramática y claustrofóbica que nos obliga a ver de frente esos fantasmas que nosotros mismos hemos intentado exorcizar, esas heridas abiertas que tanto nos esforzamos en convertir en cicatrices, esos elefantes blancos que creemos desaparecerán cuando dejamos el nido, cuando formamos nuestro propio nido, cuando nos enfrentamos a nuestra propia mortalidad, cuando debemos decir el último adiós. Elefantes que no obstante, permanecen allí, silentes, a ratos invisibles, pero elocuentes a través de nuestras heridas, moldeando nuestros caracteres, limitándonos.