Estreno: Joy, La Nueva Colaboración de David O. Russell y Jennifer Lawrence

Imposible sentarse a ver lo nuevo de David O. Russell, junto a sus colaboradores de siempre Jennifer Lawrence y Bradley Cooper, sin tener ciertas ideas preconcebidas. Cuestión que no es necesariamente favorable en el caso de Joy, un estreno que explora la comedia y el drama quedándose a medio camino entre ambos y comprometiendo su punto de vista en favor de los muchos aspectos potencialmente interesantes en su historia, y que no obstante, se las arregló para marcar presencia entre los nominados a los próximos premios Oscars con Lawrence nuevamente en carrera por el galardón de Mejor Actriz.

Jennifer Lawrence y Robert De Niro se reunen nuevamente bajo la dirección de Russell
Jennifer Lawrence y Robert De Niro se reunen nuevamente bajo la dirección de Russell

Una película que intenta retratar con cierto parecido de familia la historia de Joy Mangano, quien diseñó un nuevo tipo de mopa milagrosa que le valió -no sin esfuerzo- éxito comercial durante los 90s. A pesar de la juventud de Lawrence, Russell insiste en presentarla como una jefa de hogar al borde de la quiebra económica y emocional tras años de cargar con la crianza de sus dos hijos, y ser el sostén de su ex esposo y de sus padres quienes se divorciaron cuando Joy era niña. Situación desesperada que enciende su creatividad y la lleva a desarrollar un invento gracias al cual, como adivinarán, tendrá que superar una serie de obstáculos y encontrarse a sí misma para finalmente triunfar.

Excusa perfecta que Russell utiliza para parodiar el sueño americano, valiéndose de varias escenificaciones que emulan las fantasías hiperventiladas de las teleseries, que Joy hereda de su madre que se refugió en el placebo de la TV trás su divorcio, y el mundo igualmente artificioso de los ahora vintage, infocomerciales. Recurriendo a todos los clichés de las historias transformadoras de vida, que incluye por supuesto la necesaria escena de corte radical de pelo y la pared/pizarra para contemplar el avance de la investigación, la película intenta hacer un comentario sobre la sustancia que subyace en la bella promesa del emprendimiento, “in America, the ordinary meets the extraordinary everyday” sentencia Bradley Cooper mientras la película intenta contrastar el costo de dicha creencia.

Joy con su hija, la única narrativamente relevante.
Joy con su hija, la única narrativamente relevante.

Una aspiración noble pero que no logra desarrollarse con total propiedad. Probablemente porque en su intento por investir de humor la tragedia de sus protagonistas, Russell se pierde en artificios que no rozan no de cerca el tono radical de otras obras sustentadas en la crítica a la sociedad norteamericana, sino que además pierde de vista la tridimensionalidad que exigen sus personajes, quienes terminan siendo o caricaturas del abajismo de la clase media, convenientes dispositivos para hacer avanzar la historia, o meras piezas ornamentales como ocurre con el hijo menor de Joy, perdiendo la posibilidad de construir complejas e interesantes relaciones, particularmente entre los personajes femeninos, restándole densidad a su figura principal que desde el comienzo se nos presenta como una mujer con aptitudes emancipatorias (al contrario de, por ejemplo, lo que ocurre con Spy de Paul Feig, una película menos pretensiosa y que sin embargo en vez de repetir con diálogos la premisa del empoderamiento femenino como un mantra, nos lo muestra a través del crecimiento de su protagonista).

Así, atiempo que insiste en las proclamas de fortaleza femenina del tipo “no necesito ningún príncipe”, falla en mostrarnos el alcance de dichos principios a través de personajes trágicamente unidimensionales. Del mismo modo en que su crítica se disuelve en la historia de una mujer que a pesar de ser aplastada por la mezquindad del mundo de los negocios, pasa a formar parte de él sin reparos, pretendiendo humanizar un sistema cuya única moral es la de su propia performatividad. Sin mencionar por supuesto, que la película fue producida en el centro mismo de uno de los centros más emblemáticos del exitismo norteamericano: Hollywood, y cuyo revuelvo descansa en gran parte en el éxito comercial de los trabajos anteriores de los nombres más reconocibles en el equipo.

La presencia de Isabella Rossellini como otra de las tantas oportunidades desperdiciadas.
La presencia de Isabella Rossellini como otra de las tantas oportunidades desperdiciadas.

Pero sobre todo, el gran problema de Joy es que la fascinación por los dispositivos narrativos y la mezcla de géneros eclipsa lo que postula. Es la falta de humanidad de sus personajes la que convierte a Joy en una película de fácil consumo pero efecto pasajero, la insistencia verbal en la fortaleza de su protagonista es un parche que intenta ocultar las inconsistencias en la construcción argumental (un gesto muy de teleserie, si lo meditamos), y que amenaza con hacerla caer en lo propagandístico. Una película que intenta militar en una causa que, muy humildemente creo, merece obras mejores.