Estreno: Deadpool, La Dignificación de la Chimichanga

Años atrás Ryan Reynolds comenzó una cruzada contra los poderosos para convencerles de darle una justa oportunidad de reivindicarse, desplegar con toda propiedad sus talentos y llenar el ajustado traje de Deadpool en la pantalla grande. Como tantos de nuestros héroes favoritos en las más emblemáticas películas de underdogs, gracias a sus gestiones y la presión de los fans hoy tenemos un nuevo título que se suma a la histórica cifra de producciones de superhéroes que se estrenarán este año. Pero es justamente del incipiente debate sobre la fatiga de esta suerte de subgénero, que el registro autoparódico y metalingüística de Deadpool funciona con renovada precisión.

Deadpool trabajando en un retrato hablado.
Deadpool trabajando en un retrato hablado.

Constantemente comentando sobre las grietas de la industria, de las producciones del universo Marvel y de la propia carrera de Reynolds, la película narra una historia bastante convencional sobre el origen de un superhéroe que se niega a serlo y decide en cambio usar sus poderes para una empresa más atractiva narrativamente: la venganza, que es todo lo que le queda después de que la felicidad de su vida junto a Vanessa (Morena Baccarin) le fuese arrebatada por el cáncer y las experimentaciones sádicas de Ajax (Ed Skrein).

Perfectamente consciente de sus interlocutores, el guión de Rhett Reese y Paul Wernick se adelanta a nuestras preocupaciones estrechando el vínculo entre el público y el personaje, para luego darse el lujo de permitirle momentos de vulnerabilidad honesta a pesar de su patológica necesidad de reírse de todo. Revelando parte de la humanidad de un hombre que, en palabras de sus cercanos, se ve como el primogénito de Freddy Kruger y el mapa topográfico de Utah, y que carece de la rectitud moral de aquellos quienes confían en el sistema judicial.

En este sentido Deadpool es una película limítrofe, que traspasa las barreras de las actuales ficciones cinematográficas de superhéroes tanto formal como narrativamente. Expandiendo sus posibilidades no sólo en las explícitas y políticamente incorrectas secuencias de sexo y acción, sino también en el drama. Comparada con sus contemporáneas, la película es refrescantemente brutal y considerablemente más graciosa, aunque la inexperiencia de Tim Miller en la silla de director (un puesto que cada día se ve relegado a una categoría puramente ornamental en las superproducciones como bien reconoce la propia película) no le permiten abordar la violencia ni con la elocuencia avasalladora de Tarantino, ni con la gracia desbordante de Evil Dead. Aun así, lo único mejor que una perfectamente orquestada secuencia de acción, es Deadpool comentándola y protagonizandola simultáneamente.

Gracias al trabajo colaborativo entre departamentos, la expresividad de la máscara completa el diseño de un traje que para tranquilidad de Reynolds, funciona perfecto y lo redime del desastre de aquella película de cuyo nombre no queremos acordarnos, y que lo puso en una situación similar al episodio sufrido por George Clooney con los batipezones. Que se suma a las muchas fortalezas formales de una película sabe administrar todos sus recursos.

Hay que tenerse en muy alta estima para escoger el pseudónimo "Ájax".
Hay que tenerse en muy alta estima para escoger el pseudónimo «Ájax».

Pero la gran gracia de la película está en su humor, que aunque está bien escrito e interpretado descansa mayormente en su novedad -justamente en tiempos en que la fórmula de las películas de superhéroes comienza a hacerse evidente. Un humor que por ahora, nos distrae de las inconsistencia de una historia que en esencia no escapa demasiado de las otras como ella, por lo que el desafío es para su secuela de la que se anuncian algunos detalles en su escena post créditos (hecha con el tono propio del personaje, obvio).

Contrario a su protagonista, y a pesar de la densa carga de comentarios sobre sí misma, Deadpool se siente plena y disfruta siendo una película de superhéroes, una que es también consciente de la importancia de nuestro compromiso hacia ellas tanto en la proyección como en su merchandising, esclava del mismo mal que posibilita todas las franquicias afines: su rentabilidad. Cuestión que no será problema para una película que remedia todo el mal que se le ha hecho al personaje, y que al mismo tiempo es capaz de entregar -sin culpa- 108 minutos de pura entretención.