Estreno: The Revenant, DiCaprio Renace en lo Nuevo de González-Iñárritu

Emulando la brutalidad del estilo de vida de los primeros “emprendedores” quienes, persuadidos por la miseria y la romántica promesa de fortuna explotaron primitiva e irreflexivamente los recursos naturales del nuevo continente hace sólo un par de siglos atrás, González Iñárritu arrastró a su equipo por una épica cruzada que contempló condiciones de producción que redefinen lo que “adverso” significa para la industria, para forjar The Revenant (El Renacido) su más reciente película y una de las candidatas favoritas al Oscar que llega a nuestras salas este jueves.

Leonard DiCaprio Como Hugh Glass, interpretación con la que es claro candidato al Oscar.
Leonard DiCaprio Como Hugh Glass, interpretación con la que es claro candidato al Oscar.

Sutilmente basada en la novela de Michael Punke, la película acompaña a Hugh Glass (Leo DiCaprio en lo que a todas luces será el personaje que le valdrá su primer premio de la Academia) en su campaña de venganza contra el hombre que le quitó lo único que tenía; su hijo Hawk (Forrest Goodluck). González Iñárritu propone revisitar una premisa que en esencia ha sido contada desde la génesis de nuestras ficciones, a través de los rostros familiares que toda súperproducción supone, con el valor agregado de una narración rica en lenguaje audiovisual que consolida un estilo que se ha gestado desde Amores Perros, pero toma también prestado de las visiones de Terrence Malick y por qué no decirlo, Herzog, en un -para nada humilde- intento por celebrar las virtudes del cine como medio.

Porque lo que convierte el viaje de Glass en una extenuante travesía no son tanto los 156 minutos de metraje como la capacidad de Iñárritu y Lubezki (quien está próximo a ganar el que sería su tercer Oscar) por hacernos partícipes de su dolor. Lejos de la empatía que estamos acostumbrados a desarrollar gracias a la identificicación/lástima por el protagonista, la cercanía se produce porque la cámara nos obliga a compartir su punto de vista al tiempo que recibe los golpes del feroz ataque del Oso aquel, la brutal arremetida de los Arikara, y la inclemencia del paisaje. Todo a través de planos que contraponen la pequeñez del hombre versus el medio sumado al horror claustrofóbico que se asoma en los rostros de sus protagonistas, en secuencias que no dan espacio para que nos distanciamos de sus padecimientos, y en el que la elocuencia no se mide en palabras sino en la capacidad expresiva de sus intérpretes.

 

Tratamiento que se palpa desde el primer momento, durante la secuencia en que la unidad de recolectores de pieles a cargo del capitán Andrew Henry (Domhnall Gleeson) es atacada por un grupo de nativos defendiendo su territorio, contada por Iñárritu a través de largas tomas que nos obligan a combiar cosntantemente de perspectiva conforme los personajes van cayendo al tiempo que orquesta un recorrido coral del horror. Y del mismo modo, una cámara activa fuerza el encuentro entre nuestra mirada y la ferocidad del ataque que sufre Glass en una escena tan larga como extenuante, ambos momentos en que la cámara rompe la cuarta pared pero lejos de generar distanciamiento, nos sumerge de llenoen la adversidad. Efecto potenciado por el trabajo de sonido y la música a cargo de Ryuichi Sakamoto y Alva Noto que contribuye a generar la inmersión necesaria en las fantasías de su protagonista quien intenta lidiar también con las heridas emocionales que dejó la pérdida.

Secuencias que por sí solas sostienen la tensión de la película y que son complementadas con los menos impactantes pero coherentes episodios alucinatorios de Glass, que intentan entregar tridimensionalidad a un personaje bastante arquetípico. Y por supuesto, las diversas metáforas del renacer, que van desde Glass arrastrándose -literalmente- desde su propia tumba, hasta emerger del capullo como culminación de su transformación (una que lamentablemente no posee un correlato en términos de hechos) y finalmente, una escena que asemeja un parto con la belleza simbólica con que ya lo habíamos visto en Hannibal.

El 2015 fue un año particularmente bueno para Domhnall Gleeson también.
El 2015 fue un año particularmente bueno para Domhnall Gleeson también.

En el otro extremo de la cruzada están Fitzgerald (Tom Hardy) y su pragmatismo, un personaje que parecer ser la encarnación de la avaricia pero que pronto revela no ser sino un sobreviviente, al igual que el resto, alguien que ha aprendido empíricamente la nula eficacia de la moral civilizada en dicho contexto, en medio de una guerra por un territorio indomable. Un traidor cuya única recompensa es el pago justo por un trabajo esclavizador, que se abre paso dejando atrás a Glass y tergiversando los hechos para persuadir primero a su joven acompañante Bridger (Will Poulter que logra brillar incluso entre Hardy y DiCaprio) y luego de su capitán. Y así como Henry representa la tímida presencia del código de honor en dicho territorio, la buena voluntad de Bridger es lo que Glass y Fitzgerald probablemente fueron alguna vez, antes de ser moldeados por un paisaje en el que la sobrevivencia para un desafío directo contra Dios así como requiere de la activa participación en una guerra contra los hombres, en este caso, los nativos intentando expulsar a los invasores.

Confesado homenaje a Malick.
Confesado homenaje a Malick.

Probablemente la gran crítica que podemos hacerle a The Revenant es que, a pesar de su paradigmática técnica que incluye luz natural, personajes dialogando a cámara y las ya citadas locaciones reales, cuenta una historia en cuya sustancia se encuentran valores ampliamente discutidos pero sobretodo, que continúa siendo la historia de un hombre blanco camino a su redención para la cuál muchos -en este caso nativoamericanos- deben ser sacrificados. A pesar de lo cual, hace un esfuerzo por distanciarse del paradigma del héroe blanco al rescate de los «salvajes», básicamente porque nadie está a salvo, mostrando que sentimientos como el amor y empresas como la venganza son transversales a toda nuestra especie, a través de la silente relación que establece Glass con Elk Dog (Dueane Howard), jefe de los arikara, o los recuerdos fragmentados que vemos de la familia que alguna vez tuvo y el orígen de su hijo, mitad pawnee.

Pero del mismo modo en que cálculos se han hecho respecto a cuánto dinero ficticio ha invertido Hollywood en las diversas misiones de rescate a Matt Damon, cabe preguntarse cuántas esposas e hijos imaginarios deben morir para que el espíritu de Leo DiCaprio esté en paz consigo mismo. Crítica que se hace palpable sobretodo porque aún con el esfuerzo por representar con fidelidad la fiereza y humanidad de la lucha de los nativoamericanos contra los invasores, y la diversidad de su cultura, el sacrificio de dichos personajes no deja de operar como mero plot device en el viaje de Glass quien, acertivamente, le enseña a su hijo que la única forma de sobrevivir en medio del grupo de extranjeros es ser invisible.

Hawk ( Forrest Goodluck) carece del desarrollo que amerita.
Hawk ( Forrest Goodluck) carece del desarrollo que amerita.

Nada de lo cual le impide ser una de las mejores películas en competencia. Una historia cuyo drama es narrado a través de su visualidad y la demandante elocuencia física de sus protagonistas, coronada por el enfrentamiento final entre Hardy y DiCaprio, ambos particularmente hábiles en este sentido. Que tiene la capacidad de sumergirnos en la dificultad de una vida cuyo única máxima es ella misma, convirtiendo el morbo en expectación por el sino de un protagonista que dista mucho de nosotros, salvo por esos valores familiares que se ubican en la génesis de nuestra civilización. Una película que se siente como un extenuante viaje al tiempo que nos obliga a valorar nuestras comodidades modernas (particularmente los antibióticos) con la grandilocuencia que ya le es propia a Iñárritu.