Reflexiones Sobre el Final de Hemlock Grove


Reflexiones Sobre el Final de Hemlock Grove

Hemlock Grove siempre ha sido el primo lejano y excéntrico de las producciones originales de Netflix. Una serie llena de excesos, que juega solo por sus propias reglas, mismas que están constantemente reinventando. Lo que comenzó siendo una producción de terror cargada al gore bajo la tutela de Eli Roth, heredando un poco del slasher y un poco del horror sobrenatural, tuvo su clímax en el drama existencial y la lucha contra la propia naturaleza, concluyendo con la autoparodia y el sarcasmo, todo en apenas 3 temporadas.

Madre hay una sola, lamentablemente para Shelley.
Madre hay una sola, lamentablemente para Shelley.

Grandes transformaciones para su corta vida, la que concluyó meses atrás con el estreno en Netflix de su capítulo final. Abrupta pero esperable conclusión para una serie que nunca terminó de definir su público; muy explícita y oscura para situarse junto a Supernatural, demasiado liviana y teen para compartir nicho con Hannibal. Pero ¿Qué tan satisfactorio fue su final? nos inclinamos a creer que funciona mejor en algunos aspectos más que en otros.

Estéticamente sigue jugando con la ambigüedad entre lo bello y lo grotesco, explorando aquellos lugares en que se intersectan, consistente en su tesis de que la monstruosidad puede venir en paquetes atractivos. Por otro lado, aunque el sarcasmo siempre estuvo presente, particularmente en la relación de Olivia y Roman quienes una vez que se les acabó el juego de la casita feliz, y tras múltiples intentos de homicidio fallidos, se sumergen en un espiral de chistes pasivo-agresivos como la mayoría de los mortales, es el tono general que marca esta temporada y que funciona dentro de los movimientos internos de la serie. Sin embargo, los problemas surgen a nivel de historia y por lo mismo, de desarrollo de personajes, o más bien, de sus conclusiones.

Al menos las alucionaciones de Olivia tienen lo suyo.
Al menos las alucionaciones de Olivia tienen lo suyo.

El viaje de Olivia toma un giro irónico que funciona perfecto para un personaje cuya aprehensión y egocentrismo siempre estuvieron cerca de lo caricaturesco, explotando su devastación por el abandono de sus hijos no tanto por miedo a la soledad como por la impotencia de no poder sobreponerse a la enfermedad que la aqueja, una que la depreda emulando la actitud de la propia Olivia hacia el resto del mundo, y riéndose de su forzada victimización digna de la clase política chilena. Y mientras que los excesos la conducen a la locura, Johann aprende del horror que le suscita la actual condición de su ex jefa y es capaz de redimirse dando un paso al costado de la carrera científica y permitiéndose momentos de humanidad, una transformación deseable para el prototipo de científico loco y merecida para el personaje.

Por otro lado, una vez que Shelley decide emanciparse del peso de los Godfrey encuentra -por fin- algo de paz en un nuevo estilo de vida que escandaliza y ofende a Olivia en lo más profundo de su linaje aristocrático, sin mencionar lo excéntrico que resulta su primer amor. Todo relativamente bien hasta que nos acercamos al arco que comparten Peter y Roman que en un intento por construir un desenlace devastador tipo The Wrath of the Lamb, que pudo haber funcionado de explotar con más certeza tanto la amenaza sobrenatural del Spivak como la unión casi sanguínea entre ambos, termina traicionando su naturaleza, especialmente de Roman. Y no se trata de lamentaciones gratuitas por la ausencia de fanservice, sino de cómo se desaprovecha totalmente una línea de acción que contempla la existencia de una criatura más poderosa que cualquier Upir en pos de las consecuencias de un error bastante improbable.

Qué está pasando!
Qué está pasando!

Aunque se agradece el esfuerzo por escapar a la dictadura del viaje del héroe y darle un giro a sus estrictos pasos proponiendo un protagonista que fracasa en su lucha contra su lado oscuro contaminando la única relación significativa que logró construir durante 3 temporadas, el cambio es tan tardío y abrupto que no sólo no logra involucrarnos emocionalmente sino que nos relega a la vereda del juicio y la condena moral. De modo que la tragedia del final (spoilers), el momento en que Peter decide renunciar a su humanidad para acabar con el mal que significa Roman arrancándole, literalmente, el corazón, queda opacada por la falta de cariño invertida en el desarrollo de la separación y enemistad entre ambos.

Así, Hemlock Grove comete su transgresión más reprochable no por haber optado por un final desesperanzador sino por fracasar en entregarle la consistencia necesaria para devastarnos.