In-Edit Nescafé 2015: Arcade Fire, The Reflektor Tapes

En su intento por representar las vicisitudes del proceso creativo detrás de una de las bandas más flexibles de nuestro tiempo, Kahlil Joseph construye un documental tan fragmentado como efectista, una mezcla registros de presentaciones en vivo, viajes, y testimonios que se presentan como citas descontextualizadas, en cierto modo reducidas a declaraciones antojadizas y en muchos casos, contradictorias. Arcade Fire: The Reflektor Tapes, el documental con el que concluyó la exitosa 12º versión del Festival In-Edit Nescafé, busca traducir la vocación “experimental” de la banda al espacio del documental, perdiéndose a sí misma en dicha fascinación autoindulgente que pierde de vista aquello que debería serle inherente: la música de Arcade Fire.

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Con sólo 4 discos en más de 10 años, la gestación de cada uno se supone ardua y compleja pero meritoria considerando el éxito de sus trabajos, mismos que les han significado colaboraciones con figuras como David Bowie y Spike Jonze. Sin embargo, la mixtura de Joseph presenta a Arcade Fire como el equivalente musical del hombre en el traje de espejos, un grupo cuya obra -en este caso, su más reciente trabajo Reflektor- es la proyección de ritmos y estéticas de otras culturas, un collage de influencias arrancadas de su lugar de origen y de la densidad material de sus contextos, reflejo del hedonismo postmoderno.

El gran problema de la película no es que se atreva a quebrar la linealidad del documental biográfico, muy por el contrario, es un esfuerzo que a estas alturas se agradece; ni su querer escapar de las rígidas estructuras de los registros de conciertos. Su gran problema está en su fragmentación constante que abstrae momentos y testimonios convirtiéndolos en citas aisladas y por tanto, elevadas a la categoría de máximas y sentencias (cuál frases célebres colgadas en el perfil de alguna red social) que como tales, carecen del peso que les otorga sus condiciones de producción. Anécdotas como la de Win Butler comentando que Elvis le reveló en sueños que el secreto del éxito descansaba en trabajar en su música durante 37 horas a la semana resulta irrelevante, e incluso un tanto ofensivo, para un público como nosotros en un país con una jornada laboral bordea las 45 horas. Fragmentos que sanitizan las diferencias y contradicciones entre los mismos, lo que le permite a la película pasar de Kierkegaard a los carnavales en Haití sin siquiera pestañear.

Así como escuchamos a la banda comentar sobre cómo la base de su proceso creativo consiste en cerrar la puerta, olvidarse del mundo y dejar fluir el diálogo creativo entre ellos, el documental parece haber sido concebido a espaldas del público que, aunque no tiene por qué ocupar un lugar privilegiado dentro de las consideraciones artísticas de nadie, es un hito vital en el ciclo de vida de una obra. Cuestión que queda de manifiesta durante las mencionadas secuencias de carnaval, mostradas casi totalmente en blanco y negro, como si el color no importase en uno de los contexto en que tiene más relevancia, develando una suerte de fetichización paternalista que parece comprobada por los planos de reacción de jóvenes y niños haitianos a uno de sus conciertos, en cuyos rostros vemos una mezcla de duda e indiferencia hacia un show que emociona a otros públicos, en otros contextos pero que, en la cuna de esos ritmos que tanto los inspiran, no son sino reflejos fragmentados de su cultura.