Estreno: Victor Frankenstein, el Hombre Detrás del Nombre

James McAvoy y Daniel Radcliffe exploran la codependencia como el científico “loco” y su fiel colaborador en la nueva adaptación del clásico de Mary Shelley, que llega a nuestras salas este Jueves. Victor Frankenstein relata al ascenso y caída del ímpetu científico del doctor, que culmina con la creación de su propio Prometeo, a través del sentido relato de Igor (Radcliffe) a quien Victor (McAvoy) rescata de una esclavizante vida como atracción circense para convertirlo en su socio y amigo.

Victor (James McAvoy) e Igor (Daniel Radcliffe) contemplando los planos de su futura creación.
Victor (James McAvoy) e Igor (Daniel Radcliffe) contemplando los planos de su futura creación.

Y desde la perspectiva de Igor, Victor aparece como no sólo como un paria de la comunidad científica londinense, con nulas habilidades sociales y metodologías reprochables, sino también como un científico visionario y generoso, capaz de reconocer en un payaso -literalmente- un talento digno del más laureado médico, un hombre que además de rescatarlo y darle un hombre, también le entrega un propósito y herramientas para conseguirlo. En este sentido, la adaptación de Max Landis y Paul McGuigan no obstante roza el terror y la ciencia ficción, es más un drama centrado en el conflictivo complemento que ambos representan para el otro.

Tal como ocurre con su trabajo previo, el guión de Landis nos hace recorrer varios géneros, a los ya mencionados se suman el thriller y la comedia, aunque el verdadero atractivo de Victor Frankenstein está en el impecable trabajo de sus protagonistas, quienes logran infundir cierto grado de profundidad a conflictos que quedan eclipsados por una narrativa que celebra las situaciones antes que los acontecimientos, más preocupada de entretener que de comprometerse con los temas de fondo propuesto décadas atrás por Shelley.

victorfrankenstein-6
En palabras de Roy: “It’s not an easy thing to meet your maker”.

La bondad de Igor ayuda también a contrarrestar el efecto del “genio insoportable” de Victor, ese prototipo arrogante y descortés, pragmático y desapegado que aunque atractivo de ver ha sido ampliamente explotado en las producciones de nuestro tiempo. En este sentido la película nos recuerda la amistad en torno a la que gira Sherlock, serie de la que además hereda las gráficas del pensamiento de sus protagonistas, el suspenso de sus persecuciones y con la que comparte la aparición de Mark Gatiss (como una presencia silente en la película), y Andrew Scott, quien en un gesto similar al de Moriarty, representa el antagonista natural para Victor, defendiendo la sacralidad de la vida.

La historia comienza en medio de las experimentaciones de Frankenstein, con un Londres en plena expansión industrial como telón de fondo, un tiempo aparentemente progresista pero aún temeroso de sus ambiciones. Pero a diferencia del relato original, la criatura en cuestión opera como apéndice del arco de Victor y sirve para consagrar su relación con Igor, antes que significar su condena. Porque el verdadero “monstruo” cuya apariencia inspira las peores reacciones es Igor, quien al comienzo de la película sufre del maltrato y la crueldad de sus captores. Mientras que la motivación de Victor no es tanto desafiar a Dios como reemplazarlo, motivado por su propio duelo.

Hay una brecha irrefutable entre "lo vivo" y lo "no-muerto"
Hay una brecha irrefutable entre “lo vivo” y lo “no-muerto”

En oposición a la soberbia de Frankenstein, está la devota fe del inspector Turpin (Andrew Scott), aunque ambas actitudes coinciden en el autoconvencimiento y provienen del dolor de la pérdida. Y es aquí cuando la película entra, por fin, en el territorio de los cuestionamientos morales radiales respecto de los márgenes que separan la vida de la muerte, y la irrevocabilidad de ésta última. El despertar de Prometeo le hace comprender a Frankenstein que si bien es posible emular artificialmente la vida -como bien prueban los avances en inteligencia artificial-, es imposible recrearla simplemente siguiendo su “receta”, y responde sólo al instinto de autoconservación, carece de propósito y lugar en la naturaleza.

Por último, al restarle protagonismo a la criatura, y acentuar la perspectiva de Igor, la película se aleja voluntariamente de la historia original en un intento por, como reconoce el propio McAvoy, devolverle a Victor su nombre, comúnmente confundido con su creación. Conflicto que se vive en dos momentos clave, el temor de su protagonista a que su nombre quede olvidado en la historia como bien le reclama su padre, y durante el encuentro final entre él con su creación. Sin embargo, el constante cambio de registros y géneros enflaquece el clímax desaprovechando su potencial y recordándonos que estamos frente a una película de estudio, que como tal, cumple con entretener presentando escenarios atractivos que sirve para marcar los estados anímicos de sus protagonistas; el circo como un lugar tanto de ensoñación como de miseria, el laboratorio como el centro de la creatividad científica y la deshumanización instrumental, etc, y evitando en la medida de lo posible las imágines digitales. Ambos gestos que coronan una producción que busca conciliar una historia comúnmente visitada con recursos narrativos propios del cine más contemporáneo.