#MesDelTerror Especial Hannibal: Perfil Nro. 5 Hannibal Lecter


#MesDelTerror Especial Hannibal: Perfil Nro. 5 Hannibal Lecter

Por Geraldy e Iván

“Killing must feel good to God too.
He does it all the time, and
are we not created in his image?”

Resolver la naturaleza de uno de los psicópatas de ficción más emblemáticos de nuestro imaginario de terror ha probado ser una tarea prácticamente inabordable. Y puede que gran parte de su “encanto” resida justamente en escapar a las reducciones analíticas y a la vocación aclaratoria del psicoanálisis, manteniendo ese velo de lo oculto que le permite continuar acosándonos en pesadillas. En cambio, lo que proponemos con nuestro especial, que culmina con este capítulo dedicado a Il Mostro, es un modo de leer los perfiles escurridizos de estos personajes que, en tanto que tales, nos continúan fascinando.

Humor canibal.
Humor canibal.

 

Guardando las necesarias y correspondientes distancias, el Hannibal que proponen Fuller y compañía se asemeja al intento por desdibujar y comprender los horrores del Holocausto. Aquellos que hemos atendido brevemente el problema (por lecturas y análisis, que en cierto modo nos distancian aún más del problema) sabemos que su delimitación es prácticamente imposible porque escapa al lenguaje, y la comprensión de tales grados de horror aún nos es impropia, lejana. Por ello resulta de una ingenuidad peligrosa el denominar a Lecter como un simple ‘lunático’, porque como él mismo asevera, lo más horroroso sobre Hannibal es la idea de que éste no es un hombre que ha perdido la razón, así como la fragua del Holocausto no fue obra de una tropa de ignorantes subhumanos. No, Hannibal es una criatura sobrehumana, motivada por la razón pura y exacerbada. Jugando con aquel famoso grabado de Francisco de Goya, no es sólo el sueño de la razón el que produce monstruos, sino también su exceso.

Su naturaleza lo convierte en un sujeto solitario, y como tal, otro de los aciertos creativos de la serie es concederle dos heridas puntuales -discretas y enterradas bajo las capas de su orgullo, pero sin embargo presentes- : la incomunicación y el desdén por la indignidad. Una criatura como Hannibal, dentro de todo su poderío, aún necesita verse a través de los ojos de un otro que sintonice con él. La aparición de Will Graham, y más aún, sus sucesivos rechazos a devenir en aquella criatura otra que es el mismo Hannibal, le otorgan a la narrativa los momentos más ricos del personaje – aquellos donde, aunque sea por una fracción de segundo, Lecter puede ser vulnerable; donde puede volver a ser sólo humano.

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Hannibal sopesando la transformación de Will.

Desde el principio deja clara la distancia que lo separa de los “cerdos” que sirve en su mesa: “It’s only cannibalism if we’re equals“, le aclara a Abel Gideon, antes de terminar de devorarlo. Y para un hombre que ha dedicado tanto tiempo y energía al autocultivo, el más grande obsequio que puede ofrecer a otro es la reciprocidad. Dicho esto, la gran gracia del cambio de enfoque propuesto por el equipo de Fuller, que se centra en Graham antes que en Hannibal, es justamente que le permite a este último mostrarse, ocultándose. Así, la mayor parte del tiempo estamos atrapados -como Will- en los zapatos del espectador que, enfrentado a la obra (en este caso la escena del crimen) debe reconstruir a partir de ella los pormenores de su acontecer, esperando iluminar en parte la esquiva silueta de su ejecutor.

Hannibal es aquí un artista cuya obra nos ofrece la experiencia -porque el arte es, después de todo, una experiencia- de un mundo completamente ajeno al nuestro. A través de sus creaciones le entrega a Will los protocolos interpretativos que le permiten pararse desde su lugar, porque todo decir es un decir desde, y ver el mundo desde su perspectiva. En el fondo, el anhelo de Hannibal es hacer coincidir su perspectiva epistemológica con Will, de modo que puedan coincidir ontológicamente. La gran tragedia de Graham es que, siendo capaz de pararse en los zapatos de Lecter y ser testigo del paisaje en el que habita, aún puede regresar al suyo y juzgarlo desde allí, por eso se le asocia con un wendigo, el mal que consumo, en tanto reclama para sí nuestra completa transformación.

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Cuestión que Hannibal comprende con toda radicalidad durante Mizumono, el episodio final de la segunda temporada, cuando se enfrenta a la horrible idea de que aunque Will puede verlo más allá de su person suit, aun así no desea compartir su camino. Pero a pesar de la herida profunda que le provoca su traición: “I have let you know me, see me. I gave you a rare gift, but you didn’t want it” le reclama, mientras lo bautiza en la sangre de Abigail que opera como símbolo de lo irreversible, pues a partir de allí ninguno de los dos volverá a ser el mismo, pero al perdonarle la vida delata su deseo por reconstruir un vínculo aparentemente roto. Deseo representado por dos grandes gestos, su metáfora de la taza rota través de la cual le confiesa a Will que hay cosas que ha destruído sólo para confirmar que no es posible que vuelvan a ser una, o mejor, su necesidad de probarse a sí mismo que es capaz de revertir dicho proceso. Y la ecuación que explora la posibilidad de revertir el tiempo y que le vemos intentar resolver antes de ser “aprehendido” por Crawford, durante la tercera temporada. Ambas pruebas de su “complejo de Dios” pero sobretodo, de su arrepentimiento.

 Did you believe you could change me the way I've changed you?
Did you believe you could change me the way I’ve changed you?

Por último, es sólo al final de la segunda temporada y durante la tercera que podemos ver en acto a ese monstruo cuyas atrocidades presenciamos antes, momento en el cuál su brutalidad nos parece aún más violenta en la medida en que no se trata sólo de un frío loco, sino de un hombre fracturado y en busca de compañía. Así, del mismo modo en que el obsequio de Hannibal para Will es el permitirle participar del mundo en el cual habita, el regalo de Fuller y su equipo hacia el personaje y para nosotros, es su humanización. Al permitirnos experimentar su dolor, porque la traición de Will le rompe el corazón, ése del que se supone carecen los monstruos de su tipo, nos obliga a preguntarnos qué tan lejos estamos -nosotros los cuerdos- de transformarnos en aquello. Y quizá nuestra insistencia y afición por los relatos de este tipo sean síntoma del pánico que nos provoca dicha cercanía, quizá nos empecinados en crear criaturas abominables para sentirnos seguros de que están encerrados tras los barrotes de la ficción para no tener que atormentarnos pensando en aquellas que nos rodean en el mundo real, o peor, aquellas que duermen dentro de nosotros mismos.