Estreno: La Cumbre Escarlada

La Cumbre Escarlata (Crimson Peak), el esperado nuevo proyecto trágico-fantasmal de Guillermo del Toro, llega a nuestras salas este jueves. Y tal como fue anunciado, la película retoma la estética y los tormentos de la literatura gótica para contar la historia de una heroína que aspira a ser la nueva Mary Shelley pero que, traicionada por su corazón, termina enfrentándose a la codependencia patológica de dos hermanos pertenecientes a una clase cuyo legado no es ya un privilegio sino una carga, que los mantiene atados a una casa que funciona más como mausoleo y que está, literalmente, hundiéndose.

Edith (Mia Wasikowska)
Edith (Mia Wasikowska) explorando su nuevo hogar.

Hija de un acaudalado empresario industrial norteamericano, Edith (Mia Wasikowska) ha logrado esquivar los compromisos sociales excusándose con su trabajo como aspirante a escritora, trabajando en una novela fantástica inspirada en las visitas del fantasma de su madre que presenció de niña, y que interpretó -y así deja claro en su obra- como la persistencia del pasado. Sintiéndose incomprendida frente a la condescendencia de quienes la rodean, es el aparentemente genuino interés del recién llegado Thomas Sharpe (Tom Hiddleston) lo que primero llama su atención, y la lleva a profundizar en una relación condenada desde el principio.

Siendo una película contemporánea pero con vocación de otro tiempo, el terror no descansa en las criaturas que acechan a Edith, que como es propio del género, se remiten a almas sin descanso atormentadas por una muerte violenta y/o injusta, sino en las retorcidas intenciones de su nueva familia. Porque quién mejor para representar el peso del pasado que la heredera de una clase social y fortuna familiar extintas, y en este sentido Lucille Sharpe (Jessica Chastain) es la encarnación de la resistencia fútil de una nobleza que incapaz de adaptarse a los tiempos, ve desvanecerse todo menos su título y la propiedad sobre una tierra infértil. Guardiana tanto de las llaves de la casa como de la tradición, Lucille es tan corrosiva como la arcilla que descansa bajo la casa y cuyo efecto le da nombre a La Cumbre Escarlata.

On October 3rd he asked me what day it was...
On October 3rd he asked me what day it was…

Con la asistencia de Tom Sanders, Del Toro se regocija construyendo escenarios y adornando encuadres que son capaces de representar por sí mismos las fuerzas en juego. Retratos tan cuidados que confinan el relato que pretenden ilustrar como mera historia de fondo, la excusa para dar vida a dichas visiones. Por lo mismo, las inconsistencias están en una historia en la que ni el terror, ni el dolor nos golpean del todo, en la que sólo vemos la intensidad de las emociones que caracterizan al género hacia el final, reduciendo considerablemente la tensión durante la primera mitad de la película.

Escenarios impecables.
Escenarios impecables.

Un problema que lejos de atribuírsele a la interpretación, que funciona bien en la clave que Del Toro provee para sus actores, otorgándoles monólogos y espacio para desarrollarse, se debe a que la única realmente atormentada es Lucille, pero llegamos a su arco demasiado tarde, cuando se siente más como un giro final que como la amenaza constante. Porque a pesar de estar vestida como una villana de la vieja escuela y hacer amenazas pasivo-agresivas, la estética es incapaz de proporcionar lo de fondo. En este sentido a Crimson Peak le falta lo que le sobra a Drácula de Bram Stoker, esa tensión sexual que es al mismo tiempo seductora y fuente de infinitas pesadillas. Es decir, una película que tributa de estilos marcados por la intensidad emocional y trágica, pero que es incapaz de representarla un gesto que, como diría Lipovetsky, es propio de una época proclive a las moderaciones y reacia a los excesos.

Sin embargo, la película tiene el look y las tensiones psicológicas que siempre han estado presenten y que nos encantan del cine de Del Toro. Diálogos entre la vida y la muerte, escenarios tan hostiles como fantásticos, y la lucha de una mujer por sobrevivir la castración de la que somos capaces como género.