Estreno: Sin Escape, La Pesadilla del Hombre Blanco

En un exitoso intento por escapar de sus trabajos habituales, Owen Wilson se pone en los pies de un padre de familia amenazado por la inestabilidad política de un país que los trata con hostilidad en Sin Escape, lo último de los hermanos Dowdle. Un thriller que explora la angustiosa estadía de un ciudadano norteamericano en un territorio en el que no sólo no posee los privilegios a los que está acostumbrado, sino que es perseguido y culpado de los pecados de sus empleadores.

Dywer (Owen Wilson) intenta proteger a su familia de la venganza.
Dywer (Owen Wilson) intenta proteger a su familia de la venganza.

Dwyer (Wilson) vive el lado B del sueño americano y debe aceptar el traslado a algún país asiático (cuyo nombre nunca llegamos a conocer) para integrar el grupo de ingenieros a cargo de un proyecto de purificación de aguas. Arrastrando a su familia a una galería de horrores tercermundistas que incluye pésimas instalaciones eléctricas, tecnología automotriz obsoleta, golpes de estado y moda kitsch. Pero el verdadero horror comienza cuando se convierte en el cordero sacrificial del grupo de golpistas que buscan salvaguardar la autonomía política y propiedad de los recursos naturales de su país.

Los Dwyer son la típica familia trabajadora que se conduce dentro de los márgenes de la ley y aprecia las grandes comodidades y “libertad” obtenidas a través del único derecho realmente asegurado por nuestras sociedades, el de consumir. Así, la pesadilla comienza cuando no encuentran un enchufe para conectar su máquina arrocera, y deben dirigirse hasta el lobby del hotel para realizar una llamada telefónica. Una familia que llega a un país desconocido y menos “avanzado”, creyendo que al menos contribuirán a mejorar la calidad de vida de aquel rebaño desdichado pero que deben enfrentar a la más grande amenazas de nuestro individualismo neutralizante: la de una comunidad organizada y políticamente consciente.

Nada más horrible que la densidad de los conflictos políticos.
Nada más horrible que la densidad de los conflictos políticos.

Sin embargo, el énfasis puesto en la travesía de los Dwyer neutraliza igualmente todo comentario de fondo sobre, por ejemplo, la repartición de culpas. De modo que la confesión de Hammond (Pierce Brosnan), cuasi-guía de los Dwyer, quien acepta la responsabilidad sobre el desdichado destino de la familia al ser uno de los arquitectos de un modelo de negocios que contempla la sumisión mediante la deuda, y que se beneficia de la vulnerabilidad de países con altas riquezas naturales o geográficas. Resulta casi anecdótica comparada con el horror que provoca esta masa indeterminada y salvaje de asesinos y “enemigos de la libertad”.

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Brosnan viene a salvar el día

Aún así existe una cierta intencionalidad en lo agudo de los clichés, confesada ya desde su setentera secuencia de título, que justifica una premisa de otro modo inverosímil y ofensiva. Pero más allá de si se trata de un comentario sarcástico o una estrecha mirada sobre la realidad de países menos desarrollados, lo cierto es que la película te mantiene en constante tensión describiendo escenarios abiertamente horrorosos. Y es capaz de mantener dicho suspenso porque el terror que describe se basa en los grandes miedos actuales de una clase devastada ante la posibilidad de perder sus privilegios, así como la pretendida autodeterminación que nos abriga.