True Detective 2 Final de Temporada: Valar Morghulis

“Todos los hombres deben morir”, la famosa premisa trágica popularizada en el universo de GOT parece sintetizar el tortuoso final de la segunda temporada de True Detective, pero en el caso de los protagonistas de la serie de HBO, la tragedia es desencadenada por sus propias porfías. Con cerca de dos horas de duración, Omega Station cierra por fin una entrega inconsistente, golpeada por la ausencia de Fukunaga, que transcurre mayormente entre tomas aéreas y las conversaciones de sobremesa de Velcoro (Colin Farrell) y Frank Semyon (Vince Vaughn); mezclado con una cantidad alarmante de citas a la obra de David Lynch.

[Not] Blue Velvet
[Not] Blue Velvet
A pesar de estar habituada a la hipertextualidad, e incluso celebrarla, me pasé toda esta temporada preguntándome por qué las referencias a Lynch se sentían tan poco honestas, y después de un episodio final de casi dos horas, creo que la respuesta es que quiso inducir un efecto similar al que provoca la obra de Lynch, imitando unas formas que no obstante, carecen del trasfondo que ameritan. Por ejemplo, uno de los tantos tópicos que la serie de Pizzolato comparte con la de Lynch es la existencia de una red de prostitución en el centro del misterio sobre la muerte que cataliza todo el relato, pero en Twin Peaks el prostíbulo es una abominación oculta trás la pulcritud de la venta de perfumes, ícono de progreso capitalista, y encarnado por niñas bien educadas que podrían ser las hijas de cualquier buen burgués, mientras que en Vinci es sólo un accesorio más del corrupto mundo de la política y los negocios, y la conforman drogadictas, huérfanas e inmigrantes.

Velcoro (Colin Farrell) sentado frente a Semyon (Vince Vaughn).
Velcoro (Colin Farrell) sentado frente a Semyon (Vince Vaughn).

En la obra de Lynch cada mundo es una pequeña pesadilla -presuntamente compartida, como en más de una vez ha sugerido el propio Lynch-, de la que vamos haciéndonos conscientes mientras avanzamos y vamos notando las costuras de una realidad errática y aterradora (pero no por eso menos “verdadera”). En este sentido, el mundo de Marty y Cohle se sentía bastante más lynchiano que el de Bezzerides (Rachel McAdams), Velcoro, Woodrugh (un insufrible Taylor Kitsch) y Semyon: tres hombres arruinados por el orgullo, atrapados en la fútil lucha por llenar algún ideal de masculinidad y una mujer que autocensura su propia sensibilidad. Personajes cuyas motivaciones y backstories parecen tan transparentes como la falta de dirección y propósito de Pizzolato. La primera temporada construyó la idea de un villano como eso, una idea, una que sólo podía ser aprehendida por un alma igualmente atormentada, pero durante esta segunda entrega, el crimen aparece desde el comienzo como un ajusticiamiento desencadenado por móviles más económico y morales que eidético.

Velcoro (Colin Farrell) sentado frente a Bezzerides (Rachel McAdams).
Velcoro (Colin Farrell) sentado frente a Bezzerides (Rachel McAdams).

Al final, Omega Station no logró redimir a una temporada inconsistente y criticada desde el comienzo. Una que intentó suplir con violencia y drama su falta de sustancia, una que intenta reivindicar a la anterior poniendo a una protagonista femenina, sólo para convertirla en la encargada de perpetuar material y simbólicamente, el legado de sus pares masculinos. Una temporada que se pierde en su intento por emular una estética y contener múltiples referentes en completa desconexión con su historia y los personajes que la mueven, una temporada que fracasa allí donde el Hannibal de Bryan Fuller triunfa, cada vez.