Review Daredevil: La Otra Mirada de la Serie Original de Marvel y Netflix

Muy cargado a la mano de Frank Miller comenzó el Daredevil de Netflix, que enfrenta a Matt Murdock (Charlie Cox) y Wilson Fisk (Vincent D’Onofrio) en los albores de sus eventuales transformaciones, en una violenta lucha entre dos hombres con visiones distintas sobre lo que “su” ciudad necesita. Pero lo que es más interesante, ambos aparecen como polos opuestos en una historia de la que no son del todo protagonistas, como bien narra Fisk durante su obligado monólogo al finalizar la temporada, en el que le confiesa a un grupo de policías su fijación con la parábola del buen samaritano (dado que durante mucho tiempo se sintió como el benévolo benefactor de aquel desdichado viajero), ni él ni el vigilante enmascarado se ajustan al perfil del desinteresado y amable samaritano, más bien, la justicia que Hell´s Kitchen necesita es catalizada por las acciones de ambos pero concretada sólo gracias a la voluntad de una ciudad llena de héroes anónimos: secretarias que se resisten a ser victimizadas, policías incorruptibles, abogados con escrúpulos, médicos con vocación y periodistas temerarios.

Matt (CHARLIE COX) con su look tipo "Man without fear"
Matt (CHARLIE COX) con su look tipo «Man without fear»

La historia comienza con una breve cita al accidente que dejó ciego a Matthew años atrás, y a pesar que durante los 13 episodios se introducen flashbacks para ilustrar los orígenes del paradigmático héroe, Drew Goddard está más interesado en mostrarnos el progreso presente que el pasado, relegando dichos recuerdos a sólo lo estrictamente necesario. Una propuesta que, contrario a lo que ocurre en Man of Steel, nos permite conectar más directamente con este aspirante a abogado que junto a su compañero, Franklin “Foggy” Nelson (Elden Henson), trabajan con la convicción de ayudar a sus vecinos y no ceder a la tiranía de los poderosos, generando también un interés real por la trágica niñez de Matt. Otro de los aspectos que aparecen sin mayor explicación es el cómo funcionan la supersensibilidad que le permite ver de otro modo, y en tiempos en que prima la sobreexposición como si el espectador tuviese nula capacidad deductiva, es un gesto que se agradece y permite que el relato avance y profundice en otros asuntos.

En cuanto al perfil del enmascarado, que sólo conseguirá un traje apropiado para sus actividades (las que durante gran parte de la temporada implican recibir múltiples golpizas) al final de la temporada, se debate entre su deseo por hacer justicia “where law meets reality”, esto es, en los intersticios que escapan a la acción legal; sus deseos no confesos de venganza por la muerte de su padre; y su propio deseo de muerte. El resultado, apropiarse de aquella figura que durante siglos ha funcionado como chivo expiatorio de nuestros temores más arraigados -el diablo-, utilizando el miedo que sugiere su existencia como amenaza silenciosa para los criminales, pero como solemne protector para los ciudadanos inocentes. Con un amplio repertorio de técnicas marciales, muchas de las cuales se atribuyen al temprano entrenamiento que recibió de Stick (Scott Glenn), el grueso de la efectividad de Matt descansa en su entrenamiento físico y mental, lo que da paso a un gran número de secuencias de pelea que, gracias a la visión de Steven S. DeKnight, su showrunner, son uno de los toques más altos de toda la producción. Destacando especialmente la escena final de su 2do episodio, Cut Man, que con el coraje de un plano secuencia (y un muy buen entendimiento de la edición, los movimientos de cámara y los fuera de campo) nos muestra lo mejor y lo peor de nuestro héroe, la perfecta ejecución de brutalidad más absoluta en aras de la causa más noble, en una secuencia que nos recuerda la maestría de Park Chan-Wook en su Oldboy.

 

Por otro lado, un aún no consolidado Kingpin pasa del anonimato a la autoapropiación gracias al coraje inspirado por Vanessa (Ayelet Zurer), quien contrario a lo que sus socios criminales piensan lo ha vuelto aún más fuerte. La metamorfosis de Fisk es representada por las frías pinceladas de un mural, primero en la tosca pared de su hogar en aquel momento en que decidió ponerle fin a los abusos de su padre, luego en la fineza de una obra de arte que decora su lujoso dormitorio, y finalmente (spoilers) en el muro de su celda de prisión. Imagen que le permite entender que no es posible escapar de sí mismo. Todo lo que sumado al trabajo de D’Onofrio, que va desde la incomodidad más desalentadora a la violencia más atemorizante (la que incluye, debo decir, el decapitamiento de un subalterno con la puerta de un auto), dibujan con sutileza y efectividad al mejor de los antagonistas.

Y a este “demonio de Hell’s Kitchen” que no se rinde completamente a la oscuridad y a este Kingpin despojado de sus aliados se suman un pequeño pero bien trabajado grupo de personajes secundarios. Aquí, Wesley (Toby Leonard Moore) es más un amigo que un simple empleado, cuya fidelidad debería contarse entre la más altas virtudes; Karen Page (Deborah Ann Woll) encuentra su propio coraje y sentido de justicia más allá de la aprobación de su jefe, y también Foggy, que tiene un carácter por fuera de la sombra de su mejor amigo y quien junto a Karen y Ben Urich (Vondie Curtis-Hall), construye el caso legal que permite la exposición de los crímenes de Fisk. E incluso Claire Temple (Rosario Dawson), que en un comienzo se nos presentó como la buena samaritana que recoge y cura las heridas de Matt, reiteradamente, esperando ser en algo útil a la noble empresa del joven hidalgo, supera el interés romántico escogiendo sus propias convicciones antes que ser relegada al rol de Penélope.

La soledad que Fisk (Vincent D'Onofrio) cree irremediable.
La soledad que Fisk (Vincent D’Onofrio) cree irremediable.

Pero Fisk no es el único con una personalidad dicotómica, ni D’Onofrio el único intérprete ejemplar. Charlie Cox encarna con insospechada efectividad los matices de la lucha interior de Murdock, desde el inteligente y (dis)capacitado abogado hasta el brutal y pragmático justiciero, pero también prueba estar a la altura de toda las demandas físicas que supone su interpretación.

Hasta aquí una propuesta sólida e interesante, que combina lo mejor de las series de superhéroes actualmente en emisión intentando escapar de sus vicios, por ejemplo, el provecho narrativo de la utilización de flashbacks de Arrow, sin todo el drama amoroso que debilita -y a veces incluso ridiculiza- a sus protagonistas. Sin embargo, la serie no logra extender la solidez de “Cut Man” a todos sus episodios, por lo que sí existen varios sucesos meramente funcionales o forzados, como la tardía llegada de la policía quienes “oportunamente” aparecen justo después que nuestro protagonista ha logrado hacer gala de sus habilidades, y otras manías de este tipo que abundan en las superproducciones.  Pero quizá lo más cuestionable de todo sea que no logra construir la expectativa que hace espectacular el ver a nuestro héroe vestir su traje “definitivo”, más bien la transformación final de Daredevil se siente como un apéndice casi incidental de su madurez, cuestión nada favorable dado el género.

Claire -done with your shit- Temple (Rosario Dawson)
Claire -done with your shit- Temple (Rosario Dawson)

De todos modos, el balance es más que positivo. La alianza temporal con Stick nos hace sospechar la apertura de aquella línea que promete nuevos y más emocionantes enfrentamientos con toda la belleza de las artes marciales, pero también, el secreto de Karen y la expresión final de Fisk nos sugieren que la oscuridad continúa fortaleciéndose a pesar de los triunfos momentáneos. Una serie violenta, más de lo hemos visto entre las de su tipo, con una historia oscura y aparentemente desesperanzada pero que muestra que el dominio de los temores y la justicia no es sólo cuestión de un solo hombre. Y aunque el futuro de Daredevil, y el resto de producciones que conforman el pacto entre Netflix y Marvel, es aún incierto, el visionado de Daredevil es prácticamente obligatorio.