House of Cards Temporada 3: Dios Salve a la Reina

Por Geraldy e Iván

Hace ya tres años que se estrenó House of Cards, una producción que participa de esa misma visión desafiante y arriesgada que Francis Underwood, ahora presidente de los EEUU, reclama como el motor de su programa de gobierno. Un proyecto que a pesar de estar encabezado por dos reconocidas personalidades de la industria, David Fincher y Kevin Spacey (quien hace poco se coronó como Mejor Actor de TV, en una de las categorías más competitivas de los pasados Golden Globe), estaba apoyada por Netflix, una empresa aún inexperta en el tema de las producciones originales y que ambiciosamente apostó por competir con monstruos veteranos como HBO.

Francis (Kevin Spacey) y Claire (Robin Wright) en la Casa Blanca.
Francis (Kevin Spacey) y Claire (Robin Wright) en la Casa Blanca.

Pero todos los ceños fruncidos y las cejas levantadas que provocó la desconfianza inicial fueron despejados una vez que estuvieron disponibles los 13 episodios de su primera temporada. Con la elocuencia propia de las grandes obras, House of Cards dejó de depender de la voz de Fincher o Spacey para justificar su existencia, probando ser una serie más que digna de ser vista y analizada, despejando el camino para las muchas producciones del mismo tipo que le han seguido. Sin embargo, tener todos los episodios disponibles de una vez nos hace sucumbir con demasiada frecuencia a la curiosidad, los visionados maratónicos -aunque catárquicos y placenteros- nos hacen perder de vista los detalles importantes del cómo las historias nos son presentadas. En un pequeño intento por hacerle justicia a una de las mejores producciones “televisivas” (aunque en la era de los dispositivos digitales, este es un concepto problemático) actualmente en emisión, intentaremos hacer un análisis un poco más reposado sobre lo que hemos visto, reivindicando su valor audiovisual.

Una de las mayores ventajas con las que cuenta la serie, cuestión reconocida por el propio Kevin Spacey, es esta forma de entregar la temporada completa. Librados de la tiranía de los “pilotos”, esas monstruosidades excesivas que buscan desesperadamente engancharnos subordinando las necesidades narrativas y formales en pro del cateo (el equivalente televisivo del encabezado atrapa-click), y también de la moda de las midseason finales que forzan conflictos que diluyen la tensión acumulada para un buen clímax, la serie se toma el tiempo de hilar con precisión y fineza su trama, otorgándole tridimensionalidad a sus personajes a través no sólo de diálogos y situaciones, sino también de silencios y analogías visuales, rompiendo con esa vieja costumbre de entender las producciones televisivas -aunque de nuevo, es complicado porque no se trata de TV exactamente- como ruido de fondo que acompaña las labores domésticas, obligándonos a no quitar la vista de la pantalla.

El retrato presidencial.
El retrato presidencial.

Esta tercera temporada es particularmente rica en recursos narrativos y visuales, por ejemplo, durante los 4 primeros episodios atendemos a la transformación de Francis; el asimilarse a sí mismo como Presidente lo obliga a descartar a las dos autoridades más importantes de la vida de un hombre, el Padre y Dios [Alerta de Spoilers]. El primer episodio comienza con Frank frente a la tumba de su padre, luego de un breve discurso, vemos el plano detalle de la lápida que comienza a mancharse con orina, en un gesto de desprecio pero también de autoafirmación, muy al estilo del sueño americano, todo lo que tengo lo he conseguido por mí mismo. Durante los siguientes capítulos lo vemos dudar de sus actos, especialmente respecto a las relaciones internacionales y los deseos de Claire de convertirse en embajadora de las Naciones Unidas, cuestión que concluye en el mayor acto de liberación. Al final del cuarto episodio, Frank escupe en la cara de Jesús, escupitajo que provoca la caída de la figura que termina hecha pedazos, un acto de rebeldía pero que marca un hito mucho mayor; cómo bien apuntó Nietzsche, la muerte de Dios tiene responsable y obvio sucesor, en este caso, el propio Francis.

Dada la unicidad de Dios y su evidente superioridad respecto al resto de las criaturas celestiales en el panteón cristiano, es evidente que la relación de Frank y Claire -sustentada principalmente en la igualdad- sea la que más se resquebraje. De aquí en adelante, la temporada estará marcada por los vaivenes de su matrimonio, retratados con inesperada lucidez por Tom Yates (Paul Sparks), novelista contratado por Frank para dar respaldo simbólico a su nuevo eje de gobierno: el programa America Works que busca reducir la protección social en aras de disponer esos recursos para generar más empleos, pero quien termina comprendiendo -y ayudándonos a comprender- que es la fortaleza de ambos lo que realmente importa, así escribe:

“The Fourth of July means nothing anymore. […] But the third of September, that´s a date which matters. It’s the day, three decades past, that a redneck from Gaffney married a debutante from Dallas. And the Earth´s axis tilted that day, though neither they, nor we, knew it at the time.
Here´s a woman who describes her vows as a suicide flirting with a bridge´s edge. And a man who wears his wedding ring as a badge of shame, for the debutante deserved more. But truly, what more could she desire? Together, they rule an empire without heirs. Legacy is their only child”

El conflicto entre estos dos protagonistas era profundamente necesario para refrescar la dinámica de la historia y fomentar el desarrollo de sus personajes. Resulta placentero concluir que quien se beneficia ampliamente en la temporada, en términos de crecimiento, es Claire. Desde muy temprano se siembra la semilla de su descontento, con pistas sutiles pero elocuentes que más tarde estallan en una avalancha, cuando es consciente de que todos sus movimientos deben pasar obligatoriamente por aquella comisión de aprobación unipersonal que es su esposo. No es la primera vez que lo vemos ocurrir, pero sí la primera en que el hecho suscita reacciones tan viscerales de su parte. Sencillamente, la serie estaba al debe de esta epifanía en que una mujer tan fuerte y capaz como Claire fuese consciente de su posición. Está profundamente asqueada por su dependencia, y más aún, por ser el cordero sacrificial cuyos modestos logros y ambiciones (en comparación a sus reales capacidades) siempre están condicionados a ser, coloquialmente, la carne de cañón de un Frank que muchas veces la trata con condescendencia mientras la ofrece como ítem de tregua.

La jerarquía cambia, como lo muestra el plano, con una Claire con voz propia.
La jerarquía cambia, como lo muestra el plano, con una Claire con voz propia.

La crecientemente expuesta emocionalidad de Claire es retratada a través de distintos recursos. Los dos encuentros sexuales en los que toma la iniciativa, primero para sacudir las tensiones de ambos en un momento clave para sus intereses, y segundo como desafío a Frank quien es incapaz de agredirla de frente pero parece no tener mayores problemas cuando no hay enfrentamiento directo (cuestión que se extiende a otras áreas de su matrimonio), pero también, a través de las muchas restricciones físicas que la oprimen entendemos un poco sus carencias emocionales. La visita de los monjes tibetanos a la Casa Blanca, quienes trabajan arduamente pintando con polvillo una elaborada figura que luego será disuelta y regresada a la naturaleza como señal de desapego, es otro de los recursos para ilustrar las diferencias de carácter entre ambos. Mientras Claire se maravilla con la precisión y devoción del trabajo, Frank apenas nota su existencia y sólo se preocupa de ellos cuando le significan un beneficio directo, a saber, conseguir una foto del trabajo que obsequiarle a su esposa y motivar una reconciliación. Claire aprecia las virtudes de los procesos, Frank vive obsesionado por los resultados.

La primera vez que aparece trotando, una actividad liberadora que alguna vez compartió con su esposo, lo hace en compañía de una abultada escolta, y la segunda vez que lo intenta es detenida por la cautela de no mostrar que está lejos del Presidente por voluntad y no por enfermedad. Luego están las muchas veces que sus colegas embajadores, y políticos varios, la devuelven a su condición ornamental insinuando que su único mérito es su belleza, la que la llevó a convertirse en primera dama. Reclamación que Claire combate provocativamente en aquella memorable escena en la que discute puntos claves de las negociaciones con el embajador de Rusia, mientras se maquilla y orina en el baño de mujeres, dejándolo absolutamente conflictuado en su masculinidad; o también, en su abierto desafío a Rusia y sus leyes homofóbicas. Y para terminar, el que no baste con renunciar a su trabajo y dedicarse a hacer campaña, sino la violencia de tener que cambiar su color de pelo para que su esposo se eleve en las encuestas porque “todo suma”.

Petrov, brillantemente interpretado por Lars Mikkelsen.
Petrov, brillantemente interpretado por Lars Mikkelsen.

Al igual que como ocurre con  Yates, la inclusión del presidente de Rusia Viktor Petrov (aplausos para Lars Mikkelsen, quien también nos sedujo como Magnussen en la 3era temporada de Sherlock, y cuyo talento parece descansar en sus genes, mismos que comparte con su hermano Mads, más conocido como el nuevo rostro de Hannibal Lecter), hasta ahora el rival más digno para los Underwood, completa los dispositivos catalizadores del quiebre en el matrimonio de forma brillante. Abarcando ambos frentes del conflicto: el político y el personal, obligando a Claire a reevaluar su compromiso con Frank en todo ámbito. Una vez que ella se da cuenta de que ambos son superpotencias en conflicto, con intereses similares pero al mismo tiempo convicciones que se van revelando paulatinamente como diamétricas, es cuando decide tomar medidas medidas drásticas. Y finalmente, con los resultados que obtiene, se halla frente al panorama de lo inevitable, aquella decisión que marca el final de temporada con un claro statement: ésta fue la temporada de Claire, no de Frank, y si la próxima temporada continúa pavimentando sabiamente el camino que ha instaurado hasta ahora, podríamos encontrarnos con la sorpresa de que el protagonista de la serie no era quien pensábamos en un principio.

En términos de producción, podemos deducir el amplio presupuesto de sus numerosas locaciones, las que incluyen el interior del avión presidencial y la Casa Blanca, el palacio de gobierno ruso y campamentos militares en el Valle de Jordán (un conflicto muy similar a lo que hemos visto en la Franja de Gaza), además de la inclusión de varios escenarios exteriores, y las buenas decisiones de casting que incluyen la participación de las Pussy Riot. Gastos elegantemente dispuestos en favor de las necesidades narrativas de la historia. Después de todo, se trata de una temporada en la que el presidente de los EEUU, quien secretamente se ve a sí mismo como omnisciente y todopoderoso, debe enfrentarse a la agresiva política exterior rusa, la oposición del Congreso y su propio partido, la opinión pública y la Naturaleza, que decide amenazar justo cuando el fondo para emergencias fue utilizado para financiar Amworks, golpeándolo en un giro por decir lo menos, homérico. «Sometimes I think the presidency is the illusion of choice», nos confiesa, en un momento en que parece haber perdido el favor de los dioses.

El quiebre definitivo, plano en el que Frank nos da la espalda (como a Claire durante la temporada) y Claire aparece de frente.
El quiebre definitivo, plano en el que Frank nos da la espalda (como a Claire durante la temporada) y Claire aparece de frente.

En general, los primeros 7 episodios reposan fuertemente en las contraposiciones y analogías, como comentábamos con la escena de Francis frente a la tumba de su padre, o en la iglesia, el trabajo de los monjes, las habitaciones separadas en las que descansan él y Claire, las historias íntimas que le relata a Tom, enfocándose en el rostro y las reacciones de los personajes, la mayoría de los discursos aparecen en off, y vemos en cambio el rostro de los ciudadanos; y los paralelos con la primera temporada. Además de el cuidadoso tratamiento del arco de Doug, que pasa de cerrados y fragmentados planos detalles, a planos más generales una vez que ha logrado rearmarse a sí mismo. La visita al monumento de Roosevelt, intentando contar sin palabras aquello que ocurre en esa otra capa de realidad que habitamos. Sin embargo, conforme el grado de conflictos y enfrentamientos aumenta, los episodios tienen a apoyarse más en los diálogos, con particular tensión en las discusiones entre Frank y Claire.

Por lo demás, fue un placer ver que la temporada se fortaleció con la inclusión de conflictos más maduros, menos proclives hacia el territorio peligroso de una especie de Dawson’s Creek en la Casa Blanca. Es cierto que esta mayor complejidad puede ser alienante para los seguidores casuales de la serie (como leí por ahí, muchos simplemente no la entienden), pero el sello de distinción era necesario, y efectivamente eleva el estatus de la serie desde televisión interesante hacia gran cine.

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