Remakes de Mierda: Asalto al Distrito 13


Remakes de Mierda: Asalto al Distrito 13

Protagonizada por Ethan Hawke y Laurence Fishburne, el remake de Jean-François Richet al clásico de John Carpenter no es una película de mierda en sí misma, no obstante, y formando parte de esa ola de readaptaciones a las joyas de décadas anteriores, como remake fracasa en todos aquellos puntos que la califican para protagonizar este review.

Como recordarán, la película del ´76 narra la resistencia que ofrecen Bishop, Napolion Wilson y Leigh ante el ataque de una pandilla que busca venganza. Y mientras Carpenter nos ofrece la historia de un policía de piel oscura que creció en el mismo guetto del que ahora debe defenderse, un asesino condenado a muerte con más valor e integridad que varios uniformados y una secretaria que no se deja apabullar ni por las heridas de bala, es decir, la historia de 3 personajes socialmente en desventaja pero que logran sobrevivir a una contienda más que desigual, homenajeando el tono y estilo de su maestro, Howard Hawks. Richet opta por un camino políticamente menos comprometido, en el que el hombre blanco salva el día, perdonándole la vida al ganster que lo ayudó a resistir la arremetida ya no de los pobladores que se niegan a respetar la autoridad policial y el status quo, sino de policías corruptos intentando salvar su propio pellejo.

El policía blanco, controlando la situación y salvando el día.
El policía blanco, controlando la situación y salvando el día.

Y si bien Richet, hace un intento por humanizar a sus personajes como respuesta al lenguaje lacónico de Carpenter, lo que implica por supuesto -como la mayoría de los remakes que hemos comentado hasta ahora- la introducción de un psicólogo que ayuda al protagonista a luchar contra el trauma y la enfermedad mental, otro cliché que llegó el cambio de milenio. En la original del ‘76 los villanos hablaban a través de sus actos, los que contemplaban balear a civiles en plena calle (como en aquella terrible escena del camión de helados), se comportaban como un grupo homogéneo en cuya unión y salvajismo recaía el peligro, el peligro de la masa que no se puede contener. Pero Richet niega la fuerza de la masa organizada y pone en su lugar a un pequeño grupo de policías corruptos y mezquinos (nada muy por fuera de los límites de lo permitido) cuya fuerza radica en el poderío de sus armas y la amplitud de sus recursos.

Que la doctora se encontrar en el fuego cruzado usando un vestido de gala era un imperativo narrativo.
Que la doctora se encontrar en el fuego cruzado usando un vestido de gala era un imperativo narrativo.

Por último, deja en evidencia los síntomas de un tiempo en el que el ejercicio crítico y el comentario social se ven opacados por las piruetas formales. Carpenter concluía con la idea que sus tres protagonistas compartían mucho más de lo que jamás pensaron, terminando en una condición de total igualdad en la que incluso te cuestionas la pertinencia de la pena de muerte, pero Ritchet cuida las espaldas de un orden profundamente desigual en el que la colaboración de un policía y un ganster sólo puede ocurrir bajo una tregua temporal luego de la cual jamás volverán a compartir armas, y la presencia de mujeres que si bien encuentran el coraje, solo ocurre después de las reglamentarias muestras de histeria y sexualidad desbordante. Un remake conformista y en regla, de una de las películas más perturbadoras y políticamente incorrectas de su tiempo.