Luego de amplio recorrido por festivales llega la segunda película escrita y dirigida por Steven Knight, Locke narra el breve viaje de un hombre intentando enmendar los pecados de su padre mientras los aspectos más importantes de su vida se derrumban. Protagonizada por Tom Hardy -el único rostro que vemos a los largo de la película- encarnando al ya aludido Ivan Locke.

♪ Hello darkness my old friend ♪
♪ Hello darkness my old friend ♪

Una locación y 85 minutos le bastan a Knight para condensar en la intimidad de Locke el delicado equilibrio de la felicidad cotidiana y lo devastador que pueden resultar los cambios catalizados por una equivocación mundana. Con la convicción de no repetir los errores de su progenitor, decide emprender un viaje que le costará todo, acabando con su envidiable éxito profesional y como padre de familia.  Y en vez de caer en la tentación de victimizar o condenar a su protagonista, Knight lo presenta como un hombre común que en determinado momento decide enfrentar las consecuencias de sus actos con tal de salvar su moral y a pesar del alto costo.

Una película que funciona prácticamente con un solo gran plano, en el que los espacios y la acción se nos sugieren a través del sonido, pero que opera sobretodo como metáfora de aquellos cambios que ocurren en el espacio de los sensible y de los que no somos conscientes hasta que es ya demasiado tarde. Una propuesta arriesgada que trata de construir suspenso en tiempos en que las explosiones y los relatos post-apocalípticos colonizan la cartelera. Que triunfa en gran parte gracias a la interpretación comprometida de Hardy, pero también por el trabajo vocal de sus colegas: Andrew Scott como un incompetente Donal, Olivia Colman como una inestable Bethan y Ruth Wilson como una devastada Katrina, principalmente.

Con una visualidad limitada, cuyo grueso descansa en la gestualidad de Hardy, es en los diálogos  sobre los que recae el peso narrativo y dramático. Diálogos entre Locke y quien esté al otro lado de la línea telefónica, pero también sus monólogos, en los que apela a su padre fallecido pero quien en realidad nunca formó parte de su vida y a quien alude como si se tratara de un pasajero silencio que lo observa y juzga desde el asiento trasero, aunque el monólogo final del pequeño Eddie sea el más emocionante. Más que una historia mínima, una película que con poco cuenta las más grandes batallas humanas, la del temor a la muerte, la que se libra contra los padres, la del temor a la vida y en la que nos comprometemos para crear la ilusión de que evadimos la soledad.