Estreno: El Dador de Recuerdos [The Giver]


Estreno: El Dador de Recuerdos [The Giver]

“Quizá el hombre que elige el mal es en cierto modo mejor

que aquel a quien se le impone el bien”

La Naranja Mecánica

Anthony Burgess

 

Esta semana se estrena El Dador de Recuerdos (The Giver) adaptación de la novela homónima de Lois Lowry que, para ser justos, precede al resto de las ficciones distópicas adolescentes que con tanta insistencia han aparecido en nuestras pantallas en el último tiempo. Una película que si bien comparte una premisa similar a las otras de su tipo, posee una visión más compleja sobre las relaciones de poder y reintroduce nociones clave en su problematización y que estuvieron presentes, décadas atrás, en las primeras novelas del género.

Meryl Streep como la líder del consejo de ancianos.
Meryl Streep como la líder del consejo de ancianos.

Tras un traumático evento que tuvo a la humanidad al borde de la extinción, los líderes construyen una comunidad idílica -erradicando los constantes conflictos provenientes de la desigualdad y la ambición- bajo un ambiente altamente controlado en el que la amplia gama de emociones humanas es reducida a sus tonos medios, el lenguaje “neutralizado” y los sentidos tímidamente estimulados. Es decir, la comunidad perfecta funciona en base a una dosis permanente de prozac, división del trabajo y la erradicación de los excesos del arte y la industria del entretenimiento.

La ingeniería genética y la administración totalitaria les han permitido igualmente erradicar toda consciencia histórica, lo que deriva en un sentido del tiempo en el que creces, esperas a que un oficio te sea asignado para ejercerlo diligentemente hasta que llega la hora de retirarte y ser liberado “al otro lado”. No tener consciencia del pasado y su flujo nos impide igualmente proyectar nuestro futuro como un algo cambiante lo que produce ciudadanos resignados al destino que les ha sido asignado. Sólo un miembro del grupo es escogido para ser el guardador de recuerdos, para cargar con la historia del hombre y todo aquello a lo que se ha renunciado en aras de preservar la paz, posición que le permite aconsejar a los líderes respecto del avance de la comunidad. Como adivinarán, una vez que nuestro protagonista – Jonas (Brenton Thwaites)- comienza con su entrenamiento y recibe todas estas experiencias nuevas, llega a la conclusión que a pesar del dolor y la guerra vale la pena devolverle al mundo la capacidad de decidir por sí mismos y experimentar la vida en toda su complejidad.

La película utiliza el recurso simple, pero efectivo, de pasar del blanco y negro al color conforme Jonas va adquiriendo mayor consciencia de su humanidad.
La película utiliza el recurso simple, pero efectivo, de pasar del blanco y negro al color conforme Jonas va adquiriendo mayor consciencia de su humanidad.

Hasta aquí ninguna transgresión aparente al paradigma “un adolescente decide luchar por la libertad en una sociedad que ejerce estricto control sobre cada uno de sus integrantes”. Pero es en la constitución de dicho control y su grado de naturalización junto al modo en que Jonas alcanza la emancipación, donde surgen las grandes diferencias.

Primero, el control no sólo como obediencia sino como administración de la vida y la muerte. Al nacer -y una vez comprobada su fortaleza física- cada individuo es cuidadosamente asignado bajo el cuidado de una determinada familia y durante toda su vida recibe una dosis farmacológica diaria que lo ayuda a suprimir sus emociones más intensas, pero si al nacer no cumples con las condiciones físicas mínimas o si alcanzas determinada edad en la vejez, eres elegido para ser liberado al “otro lado”, o en palabras simples, asesinado.

Segundo, la naturalización de la vigilancia. Tal como en el panoptismo foucaultiano, llega un momento en que sola presunción de ser vigilados (aunque en este caso hay numerosas cámaras dispuestas en el espacio comunitario) nos hace actuar conforme a la norma, y es más, convertirnos en nuestra propia policía al vigilar constantemente a nuestros pares. Cuestión que Jonas sufre en carne propia una vez que comienza a mostrar signos de un comportamiento errático y “peligroso”, pues  son sus amigos y familia quienes advierten a las autoridades. La mayor muestra del grado de interiorización de la sociedad de control se da con la casi nula presencia policial, la vigilancia mutua y el autocontrol son tan eficaces que un organismo externo como la policía se vuelve innecesario.

Bonita metáfora el que Jonas decida devolverles los recuerdos al resto mientras protege la vida de las nuevas generaciones.
Bonita metáfora el que Jonas decida devolverles los recuerdos al resto mientras protege la vida de las nuevas generaciones.

Tercero y de los más importantes, la administración del lenguaje. El lenguaje como constitutivo de realidad -una noción que pegó fuerte a partir de los 60’s en el espacio de la teoría- y por ende, como lugar de las disputas políticas, para seguir con Foucault:

“Esto es también lo que dice Nietzsche cuando afirma que las palabras han sido inventadas siempre por las clases superiores; ellas no indican un significado: imponen una interpretación”

Así, el padre de Jonas no comprende que inyectar a un bebé con determinada droga es el equivalente a asesinarlo porque en su imaginario no existe tal cosa como “la muerte”, tampoco el amor, etc. La “precisión del lenguaje” es una exigencia constante en la comunicación de los miembros de la comunidad justamente porque les permite ordenar el limitado mundo que habitan.

Y por último, enuncia ligeramente la relación del arte con la verdad. Cuando Jonas inicia su entrenamiento los recuerdos le son transferidos a través de imágenes mentales, de sensaciones, de aesthesis, uno de sus primeros descubrimientos es el de los colores, pero también la música, el baile, las manifestaciones más primitivas y primordiales de la experiencia humana y que han sido suprimidas de su contexto. La experiencia de la obra (porque el arte es una experiencia) les ha sido arrebatada en pos de la neutralidad y de la calma, para habitar un mundo de certezas, de sentidos cuidadosamente fijados donde las palabras se adecuan a las cosas, versus el espacio de lo sublime, de lo inexplicable, de la experiencia estética, del cambio, de la transformación, del devenir.

El padre de Jonas (Alexander Skarsgard), que no posee más nombre que el de "padre".  Un producto perfecto de la comunidad.
El padre de Jonas (Alexander Skarsgard), que no posee más nombre que el de “padre”. Un producto perfecto de la comunidad.

En términos cinematográficos se nota la pugna por hacer coincidir todos estos subtextos en el relato, pero hace un noble esfuerzo por ayudarnos a experimentar la emancipación de Jonas en todos estos puntos, comenzando por el cambio en la paleta de color que va desde el blanco y negro a los tonos más intensos, un recurso simple y poco pretencioso pero que cumple con ilustrar la transformación del personaje. Y aunque al final se conforma con un discurso más bien conservador del tipo “el amor es más fuerte”, ciertamente posee el mérito de presentar a las nuevas generaciones todas estas nociones que se han omitido paulatinamente de las discusiones más contemporáneas.

En conclusión, una película que logra enunciar el problema del lenguaje, del cuerpo, del arte y de la historia como lugares cruzados por el poder, sometidos a las lógicas dinámicas de la dominación, escenarios aparentemente neutros pero profundamente políticos. Cuestión que, considerando su público objetivo, es bastante más de lo hecho por el grueso de los estrenos similares provenientes de la industria en lo que va del año.